Lo he intentado. Y lo he intentado dos veces, Sergio. Comunicarme contigo y saber que estás bien, o al menos saber de ti. Me imagino un montón de posibilidades, todas negativas y funestas. Y luego una que podría ser la semilla de una sonrisa. Una sonrisa que me acompañaría durante los próximos días, pero que creo que está podrida. Es un sueño cimentado en tierra yerma. No vas a venir hoy, no estás, como ayer.
Los giros del destino (en el cual nunca creí) tienden a separarnos una y otra vez, como riéndose de nosotros, para volvernos a juntar. Es una tortura que alborota la poca razón que quedaba en mí, una tempestad que se me apodera.
Los minutos pasan lentos y pesados, como una carga que va aminorando mi paso y hace más arduo el camino. Y aunque no piense en ella siento una presión en el pecho, y mi estómago se cierra, y nada puedo hacer. Solo esperar, y confiar en que el universo quiera que todo vaya bien.
Entonces, cuando me siento impotente, se manifiesta mi rabia y quiere nacer el odio, un odio fugaz pero cruel que me hace revolverme en la cama y despeina mis cabellos. Una rabia que crispa mis manos en un gesto de intensa desaprobación, que hunde mis ojos asustados sobre sus propias ojeras.
¿Y ahora qué hago? Me pregunto si insistir ante lo improbable o resignarme y aguardar. Y solo quiero destruir y abrazar, a partes iguales. Ora destruir lo que nos daña, ora abrazarte. Bien destruirlo todo bien abrazar mi dolor. Y ambas sensaciones se entrelazan y no me dejan ver su parte finita. Se difumina en mi interior como una niebla espesa alrededor de mi alma. Y ya es, en doce minutos pasados, la hora. Doce, y pronto trece… sin noticias.
Quizás soy demasiado exigente, o impaciente, o ambas. Pero quiero cerciorarme de que estás bien. Y de camino a casa, ojalá de camino a casa. ¡No me llames! No me llames si es por eso. Si es porque las ruedas te acercan a mí, si es porque guardas una sonrisa para mis labios con tu regreso.
Guarda tu voz para mi oído, para susurrar. Para calmadamente devolverme a esa tranquilidad que tú me induces. Olvídate ahora de mí y pisa sobre seguro en tu camino, aléjate de los peligros que puedan separarnos más. Olvida mi pesar y mis lágrimas y festina lente.
Casi puedo verlo, pero al otro lado del cristal resbala la gota de la mentira, descubriéndolo todo. Aún falsamente, ven, vuela hasta aquí y abraza mi alma. Deja que te atrape por tiempo ilimitado. Quiero el sentimiento, quiero el alma, quiero la presencia.
Aunque más añoro el tiempo recorrido. No siento que nos separe la distancia, sino el tiempo, la voluntad. Y el tiempo se extiende tanto como quiera la voluntad. Si el egoísmo ajeno tuviera menor poder que el propio, estaríamos unidos. Ten por seguro que sería egoísta en ello si es necesario. Por verte.
Verte, tal como lo hago, se ha convertido en una tarea, en un suplicio, digno de trabajo. Porque estás lejos, y casi te tengo cerca. Y la imagen, el perfume, la palabra o la voz son signos de realidad, y representan al mismo tiempo mi pesar y mi alegría. Pasado y presente, o al contrario.
Y en realidad no creo necesario repetir mil veces la historia. Pero quizás, repitiendo el inicio muchas veces, quede grabado en tu mente, y eso cuenta. Valdrá la pena si queda grabado como a fuego quedó tu mirada en la mía.
Así como grabado queda en cierto modo, lo que pienso, siento y padezco sobre este papel. Quisiera que pudieses leerlo, pero creo que hoy no…