martes, 24 de agosto de 2010




Siendo precedida por varios días grises, teñidos de una extraña melancolía por la muerte de dos familiares lejanos a los que ni siquiera conocí y enterrada yo misma bajo libros, responsabilidad y papeles garabateados, todo me irrita. El desinterés me invade, la rabia surge por sí sola y odio todas las horas pasadas en mi propio cautiverio.
Siento rechazo hacia todo, quiero escapar, huir de cuanto me rodea. Las sonrisas me parecen vacuas, burlas, no hay consuelo posible. Apenas se que día es, parece que el sol se ensañara conmigo mostrándome su faz. ¡Nada me gusta! ¡Todo me molesta! El hecho de que un amigo esté ahí y el hecho de que ya no. Que venga o se vaya, me es indiferente. No me consuela cosa alguna.
Me deshago en improperios contra quien busca ayudarme y contra quien apenas les importo. Quien desea dañarme queda insatisfecho, pues ya me hiero yo sola.
Estoy cansada, agotada, agobiada, no siento ser yo. Me encuentro irracionalmente débil y confusa. Aislada de todos por mi propia situación e intelecto.
Las circunstancias me sobrepasan.

viernes, 20 de agosto de 2010




Te regalé una cosquilla, un susto, una regañina y una mueca. Por si no era suficiente estornudé, bostecé, me quejé de jaqueca y te recordé lo mucho que me gustan los masajes (tus masajes).
Además me puse triste sin saber la razón, me golpeé contra el mueble de tu pasillo (y contra una puerta, y tropecé sola, pisé a tu perro al bajar de la cama y me di un cabezazo contra la estantería) y dejé que mi estómago rugiera creando la banda sonora de la tarde.
Aun con todo esto, me quieres. Me regalas tus sonrisas, miradas y expresiones divertidas. Te preocupas si me enfermo o si mi ánimo decae, me acaricias aunque estés cansado sólo porque sabes que lo aprecio.
Me mimas, me consientes, me cuidas y me escuchas.
Siempre aciertas al aconsejarme, y con los regalos.
Me abrazas justo cuando más lo necesito, y me besas de un modo en que olvido al mundo y quedamos sólo tu y yo. O sólo tú, porque me pierdo a mi mísma en tus labios.
Cocinas para mí, incluso estando agotado corres tras el bus que me rapta cada noche, te quedas cinco minutos más (acaban siendo veinte) online para seguir hablando conmigo.
Me dices cosas bonitas y te conviertes en mi poeta y cantante preferido (mientras tanto yo te recuerdo las faltas de ortografía y que la consola siempre dice que entono mejor que tú una de tus canciones preferidas).
Siempre estás atento a que no pase demasiado calor ni demasiado frío, a que esté cómoda.
Me prestas pañuelos con tu aroma, me traes agua fresca cuando "me muero de sed".
Además, ¿Cómo olvidar que dejas que acapare tu brazo cuando tengo sueño y la use como almohada aunque tenga un cojín al lado?
E incluso me ves siempre con buenos ojos, me ves despeinada y no sales corriendo, dices que no tenga ojeras aunque las vaya arrastrando por el suelo.
Te enfadas porque no me gusto lo suficiente y me recuerdas que sin ser perfectos somos los mejores.
Logras que me sienta amada, especial, importante para tí.
¿Y me dices que "te aguanto"? ¿Que no comprendes como soporto tu locura? Es sencillo. Tu locura, como sueles decirme, es la de estar enamorado. Qué loco estás por quererme tanto. Cómo me gusta, y sigo sin comprender cuándo surgió esa locura, si en la primera cosquilla o en el primer abrazo.

jueves, 19 de agosto de 2010





Despertó en el interior de una bolita de navidad. De esas en las que, si les das la vuelta, ves nevar sobre Londres, París, Dresden o incluso sobre aquella ciudad que nunca baja de los 23 grados.
Cuando abrió los ojos, lo primero que se preguntó es porqué no creaban esos mundos a pequeña escala con la imagen de su pueblo: un montón de pequeñas casitas agrupadas sobre una colina que se mantenían como sostenidas por el campanario de la iglesia. Era tan hogareño. Por desgracia se hallaba sumergida en el interior de una esfera con Nueva York como temática.
La nieve era gris, la carretera también, los edificios eran del color de la ceniza y el cielo estaba encapotado. Coches, mucha gente, agua estancada en los parques.
La ciudad más artificial que había visto nunca se extendía ante sus ojos.
Carla sacudió la cabeza, pestañeó seguidamente y se dirigió a su marido: “este año mejor vamos al pueblo”.
Dejó la esfera sobre la estantería y se sentó frente a la chimenea mientras su marido le preguntaba la razón. Ella siempre había querido viajar al extranjero, y le extrañaba que no lo celebrara ahora que él había cedido a su deseo.
- Una ciudad que no es bonita en invierno, no lo es nunca.- suspiró con la mirada perdida- además nuestro pequeño Juan aún no conoce la nieve. Estoy ansiosa por fotografiar a su primer muñeco de nieve, recibir el impacto de una bola mientras guerreamos y bajar en trineo por las calles de El Frago. Eso me vale más que todos los Empire State del mundo y el Central Park.
Rubén suspiró mientras terminaba de preparar el puré para su pequeño y sonrió al imaginarse a los tres juntos allí.
-¿Y qué hacemos con todo el dinero que habíamos ahorrado? Nos sobrará bastante.- le recordó en voz alta a su mujer.
-Muy fácil- le dijo acercándose a él y tratando de reprimir un estornudo (bailar bajo la lluvia a veces pasa factura)- le compraremos a Juan bolitas de todos los países a los que querríamos ir con él. Guardaremos el resto de dinero para un viaje posterior, y le daremos a elegir el destino. Cuando vea todas las bolitas seguro que elegirá el mejor lugar.
Rubén rió mientras le revolvía el pelo y antes de ir a despertar a su hijo le respondió:
-Sabes que elegirá volver al pueblo.
Carla se quedó pensativa mirando a la chimenea y simplemente susurró:
-Es que los mejores momentos no se encierran en esferas de cristal.

martes, 17 de agosto de 2010



Nací con un defecto (o virtud) realmente extraño en mi personalidad. No sabía si lo que me rodeaba me gustaba o no. No me afectaba nada. Cada cosa era diferente, en absoluto me resultaban dos dulces o dos flores iguales. Conocía el carácter de mi familia y de mis conocidos, pero ninguno me caía bien ni me inspiraba desconfianza. Era imposible decidir porqué unos debían ser mejores o peores que los otros.
Cuando llegué a la adolescencia, el problema empeoró. ¿Qué chico te gusta? ¿A que “fulanita” cae mal a todo el mundo? ¿Qué quieres que te regalemos por tu cumpleaños?
¿Pero ni siquiera tienes un color preferido?
Aquella última pregunta, formulada uno de los primeros días de curso, me abrió los ojos. Tenía que encontrar una razón para discriminar lo que “me gustaba” de lo que no. Aunque tan sólo fuera para aparentar y evitarse problemas. No es que no me gustasen los problemas, pero mi madre decía que no son buenos, y lo que dice mi madre, como suele apuntar mi hermana “va a misa”.
Así que esa misma tarde lo decidí. Escogería dos colores, al azar, y sólo me gustarían las cosas con ese color. O eso diría, aunque me daba pena porque los demás colores no tenían la culpa de que la gente fuese tan rara.
Azul y violeta. Me gustaría tan sólo eso. Las niñas que visten de violeta y las nubes azules (aunque las nubes son blancas, así que ya no me gustan). Sólo apreciaría eso y odiaría el resto del mundo.

Llaman a la puerta



Llamó a la puerta una, qué digo una, dos y hasta tres veces, con toda la fuerza que podía sin hacerse daño en los nudillos. No había respuesta. Tras resoplar por los nervios tomó su móvil e hizo una llamada.
-Hola ¿Porqué no me abres? Habíamos quedado en tu casa a las 5 ¿sabes? Llevo llamándote un buen rato. Podrías haber respon… ¡ha colgado! ¡Me ha colgado!
Carmen apoyó el oído en la puerta y trató de escuchar a su pareja, que seguramente estaría riéndose de ella. Este tipo de bromitas eran frecuentes y empezaba a cansarse de ellas. Algún día explotaría.
-Nadie mamá, no es nadie…otra vez- le oyó decir en voz alta.
Su voz se notaba más grave de lo normal, con un tono nada jocoso. ¿Quizás se había enfadado? ¿Era culpa de ella? No parecía que tuviera intención de dejarle pasar.
Aporreó la puerta de nuevo, esta vez con más fuerza. Se hizo daño pero no le importó.
Estaba cansada de, en menos de un minuto, hacer decenas de conjeturas acerca de qué ocurría.
Esta vez Adrián sí abrió la puerta. Miró a los lados, como si ella no estuviera, hizo un mohín de desprecio y le cerró en las narices. Estupefacción. Era todo lo que le quedaba. Se había quedado en blanco del susto, de la extrañeza, del dolor. Porque la había ignorado. Porque había puesto el pie entre la puerta y el marco y él había tirado de la puerta de todos modos. Porque aquel pedazo de madera le había atravesado el pie con violencia, y ella no había sentido nada. La había atravesado y no había notado absolutamente nada.
Porque entonces recordó. Ella, en el coche, conduciendo a velocidad moderada. Blanco. Un camión cerniéndose sobre ella. Cierto pensamiento cruzándose por su cerebro a toda velocidad “no, porfavor…”. Blanco. Más blanco, de hospital. Un zumbidito incesante de las máquinas que la mantenían viva. Pausa. Esta vez negro. Mucho sueño y miedo. Dolor de cabeza mientras escuchaba a Adrián, que debía de haber estado sentado a su lado todo el tiempo, decir “no, porfavor…”. Sonrió para sí misma al recordar que siempre solía repetir lo que ella decía, también en esta ocasión. Blanco. Demasiada nada, y de repente, estaba frente a su puerta. Pensando que eran las 5 de la tarde y él faltaba a su cita.

Violeta estaba triste




Violeta lloraba, lo hacía desconsoladamente. No sabía porqué pero no podía retener a las juguetonas lagrimillas que se deslizaban por su mejilla y le hacían cosquillas.
Estaba triste y no era capaz de evitarlo. Estaba en un parque, con todos sus amigos y amigas y estaba lagrimeando constantemente. Al principio había sido un sollozo inaudible, algunos suspiros, cuatro pestañeos muy seguidos y finalmente se había convertido en una fuente. La fuente del parque, extraoficialmente.
Marta la vio, sentada en un banco alejada del resto, y corrió hacia ella con las mejillas encendidas.
-¡Violeta, venga! ¡Que vamos a empezar a jugar a polis y cacos y si no vienes nadie te elegirá en su equipo!
La niña negó con la cabeza y se acurrucó, ocultando su cabeza entre las rodillas. Su amiga se encogió de hombros y volvió con el resto.
Al llegar al grupo, le contó a Pedro que algo ocurría. Como mejor amigo que él era, llegó al banco de Violeta a la velocidad de la luz y le preguntó que le ocurría.
-No lo se- susurró- estoy muy triste, pero no tengo razón. No tengo ganas de jugar, ni de estar con nadie, ni de estar sola.
Pedro le dio una palmadita en la espalda y le gritó mientras se marchaba:
-Bueno, cuando se te pase o sepas que te ocurre, vuelve y jugamos todos juntos ¿vale? Yo te guardo un sitio.
Así pasaron los minutos, Violeta con los ojos rojos e hinchados, con una mueca muy fea en la cara y las manos temblorosas. Le daba vergüenza que la vieran así, incluso le costaba respirar de la quemazón que le hacía sentir por dentro.
Entonces Noé, un compañero de clase con el que apenas se hablaba, llegó hasta ella. Violeta pensó que iba a mofarse de ella, como hacía de las tonterías de sus compañeros en clase, o como solía cuando alguien se tropezaba delante de él.
Ya estaba frunciendo el ceño cuando Noé se acomodó a su lado. Dejó de jugar por sentarse junto a ella. Aquello la sorprendió tanto que fue incapaz de articular saludo alguno.
-¿Qué te ocurre Violeta? ¿Por qué no vienes con el resto?
Así que era por curiosidad. Noé quería saber que le pasaba, y si hacía falta ser simpático para lograrlo, lo sería. Pues no pensaba satisfacerle.
-Nada, que estoy triste. Simplemente eso- le dijo ásperamente y con los ojos todavía anegados en lágrimas.
Noé le sonrió, cómplice, y Violeta no pudo evitar volver a echarse a llorar. A este paso su pañuelo de papel iba a deshacerse entre sus lágrimas y bajo su nariz.
En ese momento, la abrazó. La atrajo hacia sí y la meció suavemente, de un modo tan cálido que a Violeta le extrañó que pudiese ser él quien realmente lo hacía.
-No te preocupes, Violeta. No voy a separarme de tu lado, no voy a irme de aquí hasta que estés bien. Si tengo que quedarme toda la tarde contigo lo haré. No voy a marcharme sin antes ver tu sonrisa.
La pequeña abrió los ojos ,atónita, y le miró estupefacta. Se enjugó las lágrimas y su rostro se relajó un poco. Se sentía protegida, a salvo de todas las risas de sus compañeros por ser un manantial parlante, sentía que alguien se preocupaba por ella y la quería, aunque fuera él.
Noé la recostó sobre su pecho, mientras acariciaba sus cabellos y le decía “estoy aquí”. Violeta seguía triste, muy triste.
O quizá ya no tanto.

lunes, 16 de agosto de 2010

Felicidades ^_^

Esa criatura que veis en los brazos de su madre al poco de nacer, el infante que veis arrastrando por la casa un muñeco de Spiderman mientras se toma un helado (como es de hielo al día siguiente de seguro tendrá anginas), aquel niño que pasa horas divirtiéndose con su consola favorita o que está encorriendo a sus mascotas o correteando por la calle, hoy cumple 17 años.
17 años de risas, lágrimas, esperanzas, frustración y logros. Tiempo que ha empleado en convertirse en una hermosa persona, con un gran corazón y muchos sueños por cumplir.
Para mí hoy es un día maravilloso, porque dos personas se juntaron hace no tanto tiempo y crearon a la razón de mi existir.
Felicidades mi vida, eres lo mejor que hay en este mundo y, como el bueno vino, cada vez cambias a mejor.
Cumple muchos más, cúmplelos a mi lado y siendo feliz como mereces.

Se que esta felicitación es algo formal, pero ya verás como eso cambia cuando te tire de las orejas, te cante a gritos y gorgoritos el cumpleaños feliz y mi propia versión (“cumpleaños feliz, chupate la nariz…”) y te diga lo viejo que te estás volviendo (aunque yo sea mayor que tú y siempre sea más carca que tú). Que al año que viene ya serás mayor de edad, si, pero mientras podré seguir chinchándote como hasta ahora :D
Felicidades Nene, que te me estás haciendo grande (snif snif, me pongo nostálgica, jajaja)

domingo, 15 de agosto de 2010

En la arboleda...



Me dijo que íbamos a jugar a un juego maravilloso. Que era muy sencillo y tan sólo tenía que dejarme llevar. Me sonó a peligro, pero por curiosidad accedí.
Sólo tenía doce años pero era lo bastante madura como para diferenciar cuando no se debía hablar con un extraño. Aun así, entablé conversación con aquel chico en apariencia mayor que yo.
Me cogió de la mano y sentí un escalofrío. No pintaba bien. Se acercaba demasiado para mi gusto. Su tacto era cálido, su sonrisa parecía sincera, pero me inspiraba gran desconfianza. Instinto de supervivencia, supongo.
Nos alejamos de la zona de los columpios del parque, mientras me prometía que íbamos a ser muchos quienes íbamos a jugar, y que yo tenía un papel importantísimo. Sin mí no podían empezar.
Comenzaba a tener miedo pero seguí caminando, por si acaso le hacía enfadar. Nunca se sabe cuando puede ser fatal llevarle la contraria a quien no conoces.
Corrimos hacia una zona arbolada, donde había más chicos y chicas como yo. Todos me miraban y cuchicheaban, en círculo, mientras yo me estremecía, no se si por timidez o de pavor.
-¿Ella nos servirá?- preguntó una de las chicas más jóvenes.
-Por supuesto- Dijo Javier, el joven que me había llevado hasta allí.- es perfecta para esto.
Entonces me taparon los ojos. Empecé a mover los brazos sin poder ver nada, mientras me desorientaban a base de movimientos bruscos y risas.
Quería irme a casa, como fuera. Tenía ganas de gritar pero me era imposible, estaba aterrorizada.
En el mismo momento en que pretendía pedir ayuda, una voz masculina se acercó a mi oído, y mientras sentía cómo me apartaba el pelo para poder escucharle me dijo:
-Tú la llevas, gallinita ciega.

sábado, 14 de agosto de 2010

14-08-2010

Un año juntos, y aún no me lo creo. Se que esto lo habrás leído ya, en la carta que te escribí, pero no puedo dejar de releerlo, y quiero (necesito) dejarlo escrito aquí para poder verlo una y otra vez ^^


Mis doce razones para amarte (hay muchísimas más):

1-Por tu pícara mirada.

2-Por las horas que tardas en arreglarte, aunque para mí estés guapo de todos modos.

3-Porque siempre me recibes con una sonrisa.

4- Por llamarme “princesa” cuando yo te llamo “cosa”.

5- Por darme besitos entre bostezos al despertar y abrazos por la noche mientras te quedas dormido.

6- Por correr detrás del Ci2 (nuestro bus) cuando me marcho para verme un poquito más.

7- Porque me das la mano aun cuando yo no quiero al pensar que te resultaría molesto.

8- Por suspirar y decir lo mismo que yo al mismo tiempo.

9- Por escucharme siempre que necesito contarte algo.

10- Porque estoy orgullosísima de ti.

11- Por decirme lo que sientes por mí y ser tan cariñoso.

12- Por aparecer en mi vida.

GRACIAS, porque es muy fácil amarte y cada día me das una nueva razón.
Dicho esto, sólo me queda preguntarte algo: ¿Me harás la persona más feliz del mundo, permitiéndome pasar muchísimos años más a tu lado? Déjame recordar el día catorce de agosto como el día más feliz de todos durante el resto de mi vida.


(Razón 13: Te quiero porque eres más adorable tú que todos mis peluches, incluido Werther)

viernes, 13 de agosto de 2010

Fea



Mi primer amor, Paula, era fea. No me avergüenza decirlo: era fea, fea. Su pelo estaba mal cuidado y caía como una escoba sobre sus anchos hombros. Sus ojos eran tristes y parecía que siempre estuviese a punto de llorar, sobretodo cuando intentaba sonreír y dejaba asomar sus dientes picados.
Aquellas manos tan pequeñas que tenía eran ásperas, de tanto lavar a mano, y pasaba tan pronto de la palidez más extrema a sonrojarse en demasía. Todo por unas gotas de vino.
Además era más fuerte que yo, y aquello no me gustaba, parecía un hombre. Su voz era grave y me espantaba que tratara de susurrarme al oído. Su cuerpo no tenía curvas donde debía y se presentaban como de sorpresa donde menos lo esperabas.
Cómo olvidar la tortura que era besar unos labios tan gruesos, que le restaban movilidad al rostro. Qué poco me gustaban su cara y su cuerpo.
En su conjunto era, sin duda alguna, fea.
Pero cómo me hacía reír la condenada, cómo me hizo reír hasta el día en que se presentó a su puerta un joven mucho más guapo que yo.

martes, 10 de agosto de 2010

Teléfono



Me mantenía a la espera mientras escuchaba esos pitidos tan estridentes que marcaban que mi mejor amiga todavía no había cogido el teléfono.
-¿Diga?
Al fin. Creía que iba a volverme loca si no me respondían.
-Ali, soy Elisa. Tengo que contarte algo importantísimo.
Al otro lado de la línea pude oír como mi locutora se apoltronaba en la cama, supongo que arrebujada entre las sábanas y abrazando su eterna colección de peluches.
Su silencio me dio a entender que podía…que debía, contárselo todo.
-Ali, le amo. Le amo de verdad, no es tan sólo un capricho, como te decía estos días.
Un gritito ahogado resonó en mi auricular. Me levanté de la silla y caminé nerviosa por toda mi habitación, siguiendo las baldosas una a una.
-Pero… ¡Elisa! ¿Qué ves en ese…en ése? ¿Qué es lo que te gusta de un tipo como él? ¿Por qué dices que le quieres?
Suspiré al recordar que esa misma pregunta me la había formulado ya miles de veces. Sólo ahora conocía la respuesta, y aun así no estaba muy segura de ella.
-Pues me gusta por…uff, le quiero por sus ojos, por su nariz, por sus orejillas, por su pelo, por ese cuello suyo, por su cuerpo entero, y por su sonrisa.
Alicia se rió desaforadamente de mí, contemplándome como una estúpida romántica del siglo XIX.
-Pero Elisa ¡Todos los hombres tienen ojos, nariz, orejas, pelo, cuello…y desde luego muchos tienen mejor cuerpo que él! Y te aseguro que todos los tíos sonríen tarde o temprano.
Respiré hondo para evitar colgarle el teléfono y olvidarme de su existencia, pero preferí intentar hacerle comprender. No era tan difícil.
-Pero entiéndeme, a mí me gusta su mirada, como arruga la nariz cuando se enfada, cuando mueve las orejas para divertirme, su pelo tan cortito que parece que no crezca y colgarme de su cuello cuando le beso.
-¿Ya le has besado?- murmuró escandalizada.
-Si. Ah, por cierto, respecto a la sonrisa… ninguno sonríe como él.

viernes, 6 de agosto de 2010




Te dije que te cansarías de mí, que soy difícil, y a cambio tú me cogiste de la mano. En lugar de huir de mis altibajos o de mis ojeras me apretaste contra tu pecho y me dijiste que siempre estarás ahí. Me has querido todo este tiempo. Sin excepción.
Ni siquiera me alzaste la voz cuando te dije lo poco que me gusta uno de tus hobbies, ni cuando me enfurruñé porque sigues fumando.
Sólo me diste la espalda una vez para hacerte el enfadado, pidiéndome un poquito de atención. Buscando una caricia, o que te diera esos mimitos que nos gustan tanto.
Cuántas veces te he advertido de que, si me enamorabas, deberías atenerte a las consecuencias. Porque te amaría para siempre. Recuerda cuando te dije, hace ya más de un año, que no quería enamorarme de ti. Que me daba miedo volver a sentir y padecer. Te lo repetí hasta la saciedad, aun cuando en el fondo ambos sabíamos que no teníamos elección, que ya nos habíamos instalado en el corazón del otro.
En unos pocos días, un puñado de horas que deseo engullir cuanto antes, un año habrá pasado para nosotros. Tiempo suficiente para hacerme comprender que eres la única persona que no se cansaría de mí y de quien jamás me cansaría
Porque tú tienes la única llave para mis sentimientos, ya te has aposentado en ellos y de seguro nunca saldrás de allí.

amigos por siempre





Hace tres años mi inocencia pensó que él era mi vida. Que lo era todo. En realidad yo no le amaba ni una mínima parte de lo que soy capaz en estos momentos.
Al pasar un año se convirtió en mi mejor amigo, con quien pensaba que podía hablar siempre (Aunque realmente sólo hablara él), el que siempre estaría ahí. Le dije que era como un hermano mayor, que me encantaba su forma de ser y le idealicé de nuevo. Cada momento era especial a su lado.
Es extraño cómo, después de tres años de altibajos (besos, amistad, besos, distanciamiento, amistad.) no me duela saber que nunca debí importarle realmente, que me necesitaba por puro aburrimiento y que le soy indiferente. El hecho de comprender que la amistad para él no significa nada, ya no me duele. Él es tan sólo una puñalada más.
Ni siquiera me molesta que acabáramos así, a pesar de que él fuera la primera persona a la que quise (tal vez menos de lo que pensaba en su momento) y ahora ni siquiera sea un recuerdo nítido. Ha quedado en el olvido, aunque a veces le piense.
Hace ya mucho que no me molesto en llamar a la puerta de sus recuerdos para tratar de recuperarle.

martes, 3 de agosto de 2010

Caja de cartón



Tomé la caja entre mis manos, ya terminada. Cartulinas, pegamento, celo, nervios y tijeras rodearon su creación. Creo que el regalo me estaba haciendo más ilusión a mí de la que le haría a él. Morado y rojo volaban ante mis ojos, mientras intentaba recortar y pegar y pensar en como quería prepararlo todo.
Una caja, sentimientos. Quería reflejar al menos una parte de ellos, una mínima parte comparada con los doce meses que él me había regalado a su lado. ¿Qué menos?
Pronto concluiría lo que quería hacer, esperaba sorprenderle y que el contenido de la caja creara montones de ratos tan especiales y maravillosos como todos los ya vividos. Sólo quedaba esperar hasta el día 14, cuando sus perfectas manos abrieran ese pedazo de cartón y sus ojos se abrieran de sorpresa y, quizás, de alegría.


Aviso para cierta personita: La imagen NO es la caja que te tengo preparada ;)