
Violeta lloraba, lo hacía desconsoladamente. No sabía porqué pero no podía retener a las juguetonas lagrimillas que se deslizaban por su mejilla y le hacían cosquillas.
Estaba triste y no era capaz de evitarlo. Estaba en un parque, con todos sus amigos y amigas y estaba lagrimeando constantemente. Al principio había sido un sollozo inaudible, algunos suspiros, cuatro pestañeos muy seguidos y finalmente se había convertido en una fuente. La fuente del parque, extraoficialmente.
Marta la vio, sentada en un banco alejada del resto, y corrió hacia ella con las mejillas encendidas.
-¡Violeta, venga! ¡Que vamos a empezar a jugar a polis y cacos y si no vienes nadie te elegirá en su equipo!
La niña negó con la cabeza y se acurrucó, ocultando su cabeza entre las rodillas. Su amiga se encogió de hombros y volvió con el resto.
Al llegar al grupo, le contó a Pedro que algo ocurría. Como mejor amigo que él era, llegó al banco de Violeta a la velocidad de la luz y le preguntó que le ocurría.
-No lo se- susurró- estoy muy triste, pero no tengo razón. No tengo ganas de jugar, ni de estar con nadie, ni de estar sola.
Pedro le dio una palmadita en la espalda y le gritó mientras se marchaba:
-Bueno, cuando se te pase o sepas que te ocurre, vuelve y jugamos todos juntos ¿vale? Yo te guardo un sitio.
Así pasaron los minutos, Violeta con los ojos rojos e hinchados, con una mueca muy fea en la cara y las manos temblorosas. Le daba vergüenza que la vieran así, incluso le costaba respirar de la quemazón que le hacía sentir por dentro.
Entonces Noé, un compañero de clase con el que apenas se hablaba, llegó hasta ella. Violeta pensó que iba a mofarse de ella, como hacía de las tonterías de sus compañeros en clase, o como solía cuando alguien se tropezaba delante de él.
Ya estaba frunciendo el ceño cuando Noé se acomodó a su lado. Dejó de jugar por sentarse junto a ella. Aquello la sorprendió tanto que fue incapaz de articular saludo alguno.
-¿Qué te ocurre Violeta? ¿Por qué no vienes con el resto?
Así que era por curiosidad. Noé quería saber que le pasaba, y si hacía falta ser simpático para lograrlo, lo sería. Pues no pensaba satisfacerle.
-Nada, que estoy triste. Simplemente eso- le dijo ásperamente y con los ojos todavía anegados en lágrimas.
Noé le sonrió, cómplice, y Violeta no pudo evitar volver a echarse a llorar. A este paso su pañuelo de papel iba a deshacerse entre sus lágrimas y bajo su nariz.
En ese momento, la abrazó. La atrajo hacia sí y la meció suavemente, de un modo tan cálido que a Violeta le extrañó que pudiese ser él quien realmente lo hacía.
-No te preocupes, Violeta. No voy a separarme de tu lado, no voy a irme de aquí hasta que estés bien. Si tengo que quedarme toda la tarde contigo lo haré. No voy a marcharme sin antes ver tu sonrisa.
La pequeña abrió los ojos ,atónita, y le miró estupefacta. Se enjugó las lágrimas y su rostro se relajó un poco. Se sentía protegida, a salvo de todas las risas de sus compañeros por ser un manantial parlante, sentía que alguien se preocupaba por ella y la quería, aunque fuera él.
Noé la recostó sobre su pecho, mientras acariciaba sus cabellos y le decía “estoy aquí”. Violeta seguía triste, muy triste.
O quizá ya no tanto.