martes, 28 de septiembre de 2010

poema

La noche viene como se va,
Y yo me siento tan niña…
Como aquella pequeña que soñaba
Lo imposible de alcanzar
Como simplemente un juego.

Ahora en el fondo de un vaso
En una espera, en un suspiro
Encuentro del alivio un resquicio
Que no me basta, no me sobra.

Tan minúscula como ayer,
Me veo reducida a un instante
A un recuerdo, a un minuto
En que el tiempo se paraba,
Mas transcurre, quedamente.

Tenme en brazos, que me quiebro
Mientras intento repararte a ti
Y me reduzco, paso a paso,
Temiendo desvanecerme de pronto.

Temiendo parecerte tan poco…
Que acabe siendo tu nada.
Llorando recuerdos que en corro
Recuerdan que todo pasa.

Mientras me abrazo a una foto
Que me recuerda que me amas.




*Aprovechando que mi chico ha escrito poemas me he animado a hacer lo mismo, que hacía mucho que no escribía. No me he fijado en rimas porque me coartaría y hace mucho que no escribo en verso, no quería que sonara artificial. Así que ahí está.


domingo, 26 de septiembre de 2010

Querida Clara:

Respecto a tu carta anterior, no puedo decirte quien es él, porque entonces quizás lo descubras. Quizá descubras que es la persona más maravillosa que se puede cruzar por tu vida, y entonces querrás tenerlo a tu lado y nada volverá a ser igual entre nosotras.
Si lo conocieras, no te gustaría. Te encantaría, enamoraría, encandilaría y te arrebataría el corazón para hacerlo únicamente suyo, como me lo robó a mí. Aunque ahora que hago un repaso de los hechos creo que fui yo quien se lo entregó, todavía cálido y palpitante.
Cuando estoy con él… el resto no importa. No importa que nos encontremos en un autobús dando bandazos de un lado a otro y rebotando contra el asfalto; da igual la gente de alrededor que siempre está con prisas y malas caras. Cuanto me importa es que él me está abrazando, después me besa, y entonces soy la persona más afortunada y más feliz de todas. En esos momentos me siento brillar de dicha, simplemente por estar a su lado y recibir su cariño. ¿Qué importa si nos olvidamos bajar en la parada que debíamos, o si fuera del autobús hace frío y viento o si la calle está oscura y desierta?
Esta despreocupación no la había encontrado con nadie. No se como explicártelo, a su lado se que todo irá bien, incluso si todo sale del revés. Solo necesito que en un momento dado me mire a los ojos, o que fugazmente me roce la mano, para que mi sonrisa surja por inercia.
De esta vida no espero nada más. Porque con él ya me lo ha dado todo. Me ha regalado, aun no entiendo cómo, todo el cariño, comprensión, amistad y amor en una sola persona y todo de golpe.
Él es mi felicidad y ahora sólo me importa la suya, que esté bien y nada le perturbe.
Sólo le pido que nunca se vaya de mi lado, que no se aleje de mí porque cada vez que lo hace, aunque sólo sea por unos minutos, mi corazón se agrieta y tiene riesgo de quebrarse. Me duele cada latido y a veces siento que se parará si la espera para verle se prolonga más. Pero siempre resisto porque vale la pena.
Dudo que puedas comprenderme, Clara. Por mucho que seas mi mejor amiga, aunque siempre me escuches. ¿Cómo vas a entender un amor que no sientes? Es demasiado complicado de describir, y se que todo intento será inútil. Aun así, ¡no puedo dejar de pensar en él y de contártelo!
Cuando me besa, siento que me derrito irremediablemente. Al abrazarme su calidez me traspasa y no quiero que el momento acabe nunca. Me siento tan protegida, querida, y a la vez se que jamás podría querer tanto a alguien, que si se pudiera me moriría de amor.
Vale, suena cursi, demasiado romántico, melodramático e incluso te daré vergüenza ajena. ¿Pues sabes qué? No pienso remediarlo. Es la persona con la que quiero estar para siempre y por la que daré todo, y no voy a esconder lo que siento. Si pudiera gritaría a los cuatro vientos cuanto lo amo, porque se que nadie querrá jamás a otra persona como yo le amo a él.
Le amo, le amo una y mil veces. Tantas que no se donde acaba un “te amo” y empieza el siguiente. Es maravilloso Clara. Es algo que va más allá de la perfección, del infinito, del espacio y el tiempo. Suspiro cientos de veces al no encontrar las palabras para definirlo.
Te seguiré escribiendo, querida amiga. Contándote el cielo en el que vivo cuando lo tengo a mi vera, y el infierno que es estar sin él. Ahora dame un descanso, que tanto pensar en él me deja sin respiración. A veces se me olvida incluso despertar cuando estoy soñando con él. Todo me parece poco, Clara. Sólo él. Sólo está él.

p.d. Te adjunto una foto nuestra junto a la carta. Sí, estamos de espaldas. ¿Acaso pretendías ver la estúpida sonrisa que se forma en mi rostro cuando me mira?



jueves, 23 de septiembre de 2010

Se me olvida que me amas




-Dime “te quiero”. Hace mucho que ya no me lo dices. No me abrazas como antes ni me besas con pasión, de hecho apenas me tocas. Casi he olvidado como eran tus caricias sobre mi piel, aunque tu calidez permanece. ¿Porqué hace falta que te pida un poco de amor? –Rafa no contestaba, solo la miraba fijamente- No me gusta mendigar cariño, no a ti. Deberías dármelo, simplemente. ¿No iba a ser para siempre? Me juraste que siempre sería igual, que nada cambiaría entre nosotros, y mira ahora.- el silencio se apoderaba cada vez más del aire que los separaba- Vamos, dime algo, dime lo que sea, pero no te quedes callado…

Ambos corazones latían al unísono, tan frágiles, a punto de romperse. Ella lo había dicho, todo lo que tenía que decirse. Que hacía tantísimo que ya no sentía su amor sobre su piel… Rafael miró a Marion y tan sólo alcanzó a decir:

-Mi amor…sabes que te quiero, que te amo con locura, pero no puedo demostrártelo constantemente. Marion…

De nuevo la falta de palabras actuaba como barrera entre ellos. La joven apenas alcanzó a preguntar qué sucedía.

-Mi vida, no me canso de besarte y abrazarte, de mirarte a los ojos y decirte que te amo, de jurar que siempre daré cuanto sea por permanecer contigo, pero Marion… ¡lo he hecho hace menos de un minuto!

La sonrisa de la chica se iluminó rápida y fugazmente. Después adoptó una expresión de reproche y le susurró al oído:

-Ya tardas en repetirlo, Rafa. Se me ha olvidado si me quieres o no.

Una carcajada cruzó el aire, estalló un beso, y las sábanas volaron. Tan sólo quedaron el cielo de su edredón, sus cuerpos enredados y una gran retahíla de “te quiero”, “te necesito” y “no dejes de abrazarme, que se me olvida que me amas”.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Primera cita




-Las reglas son muy sencillas. Tú entras al bar y yo ya estaré con mi bebida, sin pagar todavía, claro. Cuando me veas y desees que sea yo (porque imagino que lo desearás) la chica del chat, te acercarás y me preguntarás cortésmente si soy ella y si te puedes sentar conmigo.
Javi rió por lo bajo, imaginándose la situación.
-Espero que no me rechaces tan pronto, nena, me heriría el orgullo.- dijo parodiando la entonación.
Elena le acarició la mejilla y tras darle un dulce beso le susurró:
-Puedes apostar que me plantearé hacerlo, más vale que entres al bar con buena presencia y una de tus preciosas sonrisas, “nene”.
-Bueno- prosiguió.- después hacemos la presentación formal, vas a la barra a pedir la típica coca-cola (nada de redbull, que te conozco) y te fijas en que te estoy observando de reojo desde nuestro lugar de encuentro, pero haces como que no te das cuenta.
Javier se rascó la cabeza y tomó a su joven novia de la cintura. Caminaban por la calle a un paso tranquilo, pero sin parar. Tuvo que tirar de Elena, quien, distraída como estaba, iba a pasar por una carretera bien transitada por el tráfico.
-Pero si ambos sabemos que nos conocemos y que me estas mirando, ¿de que sirve hacer como que no?- preguntó reacio al experimento.
-Va, hazlo por mí, será divertido- le pidió guiñándole un ojo. Sabía que no podría negarse a eso, no después de haberle sonreído como lo había hecho. – Bueno, entonces tú vuelves y me empiezas a dar conversación, mientras empezamos con miraditas. No vale hablar de nada que ya sepamos el uno del otro, aunque tampoco vamos a mentir en nuestro nombre, edad o cosas de esas. Simplemente intentaremos hablar de temas de los que no solemos hablar.
Javier empezó a imaginar la escena y asintió con la cabeza.
-Entiendo. Nos vamos conociendo de otra forma, gustándonos, de repente una de mis manos roza la tuya sin querer y…
-No- dijo Elena- no me cuentes como sigue. Eso se irá viendo en nuestra cita. Igual no me gustas lo suficiente para dar el siguiente paso Javi, que el físico no lo es todo. Aunque estés muy bueno igual no caigo en tus redes.- se reía mientras lo decía muy rápido y Javier supo que ambos eran conscientes de cómo acabaría la tarde.
-Vale, vale. Entonces, yo te cortejo, tu quizás te dejas cortejar, y puede que con mucha suerte consiga robarte un beso, o dos…eso no me compensa demasiado ¿Sabes?
Estaban llegando al bar de la cita. Dentro de poco serían dos completos desconocidos. Elena se paró en seco.
-Oh, cielo, sabes que no daría otro paso más en la primera cita. Además, soy una mujer comprometida- terminó mientras le mostraba la esclava que él le había regalado seis meses atrás.
-Si tu novio supiera que vas de bar en bar conociendo a chicos guapos, estoy seguro de que se moriría de celos.- Dijo Javier abriéndole la puerta y comenzando a adoptar su nuevo papel.
-Te veo cuando haya pedido mi bebida y llegues curiosamente tarde a la cita.
-¿Me regañarás?- inquirió divertido.
-Por supuesto Javier. A mí no me hace esperar nadie.
-Eso esperaba.- murmuró para sí mismo mientras cogía aire para su primera “primera cita” en mucho, mucho tiempo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mugre

Vomitas esperanza, está huyendo por todos tus poros y ahora brota como una fuente de tus orificios nasales y de tu garganta. No puedes gritar, estás ahogado en los tropezones de ilusión que salen disparados de tu estómago. Miras a todos lados con los ojos desorbitados, te arden y desearías arrancártelos para dejar de sentir esa quemazón. La esperanza huele mal, fatal, cuando al acabar en el suelo se pudre y evapora a tu alrededor. Te da asco y vomitas de nuevo. Más y más vida a tu alrededor, y menos dentro de ti. Las manos te tiemblan, y sabes que no vas a poder levantarte. No después de haber caído como lo has hecho. Súbitamente. Irremediablemente.
Estas sangrando frustración y querrías guardarla en tarros de cristal para verla a lo lejos y racionarla. Pero ahora viene toda de vez, como los mareos. Cómo cuesta mantener la vista fija en algo. Ves y dejas de ver muy seguido.
Entonces, en uno de esos instantes en los que captas algo, contemplas tu salvación.
Un ser que llora, muy cerca de ti. Tú podrías calmarle y el ayudarte. Llora rabia e impotencia, mientras golpea el suelo sacando de éste melodías cacofónicas.
Te concentras y puedes oír lo que trata de transmitir: ira, dolor, decadencia.
No es tan diferente a ti, solo que a él todavía le queda algo de esperanza en sus venas.
Quizás, sólo quizás, acceda a donarte un poco, para poder caminar juntos. Para no terminar de derramar todos los fluidos y sentimientos sobre el cemento en el que has caído.
Le llamas, él se gira. Os miráis a los ojos y os compadecéis mutuamente. Te inspira una extraña simpatía. Casi cariño. Tal vez amor. No lo sabes, tampoco te importa en estos momentos.
Te arrastras con la poca fuerza que te queda hacia él, dejando un reguero de desconfianza que ha ido emanando desde tus ojos a tu paso. Él se inclina un poco hacia ti.
Quieres, no sabes porqué, tomarle la mano. Aunque perezcas en sus brazos. A pesar de que te queda muy poco para desinflarte como un globo de carne pútrida y deshidratada no tienes prisa. Sabes que tu salvación está en él. Estiras todo tu cuerpo hacia él, y cuando tan sólo quedan unos centímetros para sentir su calidez, pum. Una especie de barrera, sólida y translúcida, os separa.
Tal vez porque tu visión estaba borrosa ya antes no te habías percatado de lo poco nítida que era la figura del otro ser, ni de la barrera.
Tantas esa áspera superficie y dejas huellas enfermizas sobre la misma. Estornudas, dos veces, te limpias con tu brazo desnudo y llamas al Otro.
Notas cómo se gira, casi lo sientes a tu lado, y le preguntas su nombre cuando su rostro queda frente al tuyo.
Lo dice alto, claramente, pero en ese momento pierdes la consciencia por un instante, y te da demasiada vergüenza preguntarle de nuevo. Prefieres tratarlo de “tú”.
Te da vergüenza tu pérdida de conciencia y en cambio no temes el hecho de que estás envuelto en vómitos, desnudo, con los ojos rojos de tanto llorar, moqueando y lleno de heridas que probablemente acabarán infectadas.
Él trata de tomarte la mano. El extraño cristal que os separa no os permite reuniros.
“No me habría rechazado”- piensas para ti mismo, y sonríes con los dientes manchados de ignorancia.
Intentas abrirte paso por el cristal una, dos, tres veces. Cuanto más tardas en recibir su ayuda más te pudres, más lloras. Comienzas a gritar.
El Otro hace lo que puede, pero si no abres una brecha en el cristal, tú que aún tienes algo de decisión alimentando tu cerebro, el otro no comenzará a golpear la barrera.
Al lado contrario Tú se marchita. La pena, la desilusión y el tedio acaparan su corazón. Sabe que no se puede hacer nada, que tú eres quien debe romper la barrera, lo sabe porque él jamás sería capaz de hacerlo.
Él ya no llora, se resigna. Su compañero (no quiere saber tu nombre) está apoyado contra la barrera, derrotado. Piensa que te has resignado.
Ve tu miedo, tu soledad, tus heridas y golpes. Le apena no tener un pañuelo a mano para ofrecértelo. No poder ayudarte a limpiar tus deshechos y tu inmundicia. La mugre debe ser insoportable en tu lado del cristal.
Se da la vuelta, sabe que la batalla está perdida. Te has desangrado hasta la última gota. No queda felicidad, ni alegría, ni esperanza, ni tan sólo un poquito de fe.
Estás vacío, te has convertido en una carcasa de huesos y venas secas. No hay nada que el pueda hacer. Se marcha.
Tu visión está tan empañada que no te das cuenta.
Sigues hablando solo. Caes.
Tu mugre seguirá en el mundo un rato más.


miércoles, 1 de septiembre de 2010



Esa niña de vestido rosa llora porque no estás con ella. Se ha tumbado en su cama vacía derramando lágrimas sin poder alejar su sufrimiento, y se ha quedado dormida. Sin ti a su lado, todo serán pesadillas. Al despertar ha recordado todo de golpe, y sus ojos han vuelto a humedecerse. Por suerte, las risas de la habitación de al lado le han hecho sentirse un poco mejor. Un poco.
Se ha levantado, ha ocupado su tiempo para no recordarte…imposible. Todo lo que hacía tenía que ver contigo. Incluso leer, o pestañear, o hacer problemas de matemáticas. Te escondes tras cada letra o número, bajo cada imagen y pensamiento, en toda acción que realiza.
Eres su mundo y su razón para continuar, y ahora no la estás mirando a los ojos, y por eso se pierde. Está oscuro y frío sin ti. Faltan la luz y la calidez que irradia tu persona cada vez que vas a su encuentro. Eres su mundo y en cambio debe caminar por él sin ti.
El vestido rosa se ha manchado de lágrimas y de tinta, y ahora debe lavarlo a mano y dejarlo secar y ponerse en su lugar un chándal viejo. Abraza aquel peluche que le regalaste mientras intenta imaginar que todavía lleva puesto el vestido.
Se aferra a él porque era la ropa que vestía la última vez que te besó.
Es verano, pero siente frío y se le erizan los vellos de la piel, como aquella vez que estabais en la piscina y el agua estaba tan fresca. Lo recuerda y trata de reprimir un sollozo mientras deja el muñeco que estaba sujetando y corre por el pasillo.
Ya está sola en casa, gracias a Dios. Puede recordarte mientras te habla, mientras grita a la nada que te está llamando y no respondes. Como nadie la mira, toma el vestido arrugado y empapado y se lo coloca tras deshacerse del chándal.
Camina con los pies descalzos por el pasillo, mientras recuerda el día en que te contó que los pasillos siempre la habían asustado. Hoy no es diferente. Lo peor es que ahora no estás cogiéndole de la mano y susurrándole que no hay problema y que estás a su lado. Porque no lo estás.
Entonces se sienta en mitad de la nada (del pasillo, realmente, aunque ella ha perdido la noción del tiempo y del espacio) y decide esperar. A que alguien o algo se la lleve, un monstruo o una pulmonía o quizás tú.
Sigue esperando.



Voy a escribir en este espejo cómo me siento. Soy horas no dormidas, comida que soy incapaz de digerir. Café, mucho café. Minutos muy lentos que se deshacen en mi rostro conforme se va tornando apagado y triste. Vacío, indiferencia porque todo lo que importa está lejos, o es difícil. Derrota y desesperación en un instante, y al siguiente, un agujero donde antes debían estar. Un boquete relleno de soledad y sentimientos de fracaso de ineptitud.
Soy… soy esos puntos suspensivos tras los que se encuentra un suspiro, un lamento, y las ganas de golpear con el puño cuanto me rodea. Soy la rabia que me llena al pensar que herirme no arregla nada. Ojala lo hiciera. Porque me daño de todos modos rajando mis pensamientos uno a uno y uniéndolos de nuevo.
Soy esas ojeras y esos labios secos que se jactan contemplándose al ser parte de mi reflejo. Tengo la gran determinación de que el sol saldrá hoy, y la suerte lo llena de nubes; soy el girasol que no encuentra su camino. Soy esa decadencia autoprovocada, la autocompasión sin consuelo de nadie.
Soy estas palabras inútiles, no soy absolutamente nada, soy una mota más de polvo bajo un sillón viejo. Soy una voluta de humo que se desvanece, un sonido sordo que repiquetea en tus oídos. Soy una voluntad perdida, una resignación, una frente arrugada y un entrecejo fruncido.
Soy un grito que no se pronuncia porque no importa que lo haga o no. Soy sorda, ciega y muda, por voluntad propia. Soy un espejo que no refleja, un río que no fluye, un exquisito primer plato vomitado.
No importa realmente qué soy, ni si mis manos desearían alejarse de mí misma y mi cuello se estremece por mi devenir.
Está escrito, me basta.