domingo, 5 de septiembre de 2010

Mugre

Vomitas esperanza, está huyendo por todos tus poros y ahora brota como una fuente de tus orificios nasales y de tu garganta. No puedes gritar, estás ahogado en los tropezones de ilusión que salen disparados de tu estómago. Miras a todos lados con los ojos desorbitados, te arden y desearías arrancártelos para dejar de sentir esa quemazón. La esperanza huele mal, fatal, cuando al acabar en el suelo se pudre y evapora a tu alrededor. Te da asco y vomitas de nuevo. Más y más vida a tu alrededor, y menos dentro de ti. Las manos te tiemblan, y sabes que no vas a poder levantarte. No después de haber caído como lo has hecho. Súbitamente. Irremediablemente.
Estas sangrando frustración y querrías guardarla en tarros de cristal para verla a lo lejos y racionarla. Pero ahora viene toda de vez, como los mareos. Cómo cuesta mantener la vista fija en algo. Ves y dejas de ver muy seguido.
Entonces, en uno de esos instantes en los que captas algo, contemplas tu salvación.
Un ser que llora, muy cerca de ti. Tú podrías calmarle y el ayudarte. Llora rabia e impotencia, mientras golpea el suelo sacando de éste melodías cacofónicas.
Te concentras y puedes oír lo que trata de transmitir: ira, dolor, decadencia.
No es tan diferente a ti, solo que a él todavía le queda algo de esperanza en sus venas.
Quizás, sólo quizás, acceda a donarte un poco, para poder caminar juntos. Para no terminar de derramar todos los fluidos y sentimientos sobre el cemento en el que has caído.
Le llamas, él se gira. Os miráis a los ojos y os compadecéis mutuamente. Te inspira una extraña simpatía. Casi cariño. Tal vez amor. No lo sabes, tampoco te importa en estos momentos.
Te arrastras con la poca fuerza que te queda hacia él, dejando un reguero de desconfianza que ha ido emanando desde tus ojos a tu paso. Él se inclina un poco hacia ti.
Quieres, no sabes porqué, tomarle la mano. Aunque perezcas en sus brazos. A pesar de que te queda muy poco para desinflarte como un globo de carne pútrida y deshidratada no tienes prisa. Sabes que tu salvación está en él. Estiras todo tu cuerpo hacia él, y cuando tan sólo quedan unos centímetros para sentir su calidez, pum. Una especie de barrera, sólida y translúcida, os separa.
Tal vez porque tu visión estaba borrosa ya antes no te habías percatado de lo poco nítida que era la figura del otro ser, ni de la barrera.
Tantas esa áspera superficie y dejas huellas enfermizas sobre la misma. Estornudas, dos veces, te limpias con tu brazo desnudo y llamas al Otro.
Notas cómo se gira, casi lo sientes a tu lado, y le preguntas su nombre cuando su rostro queda frente al tuyo.
Lo dice alto, claramente, pero en ese momento pierdes la consciencia por un instante, y te da demasiada vergüenza preguntarle de nuevo. Prefieres tratarlo de “tú”.
Te da vergüenza tu pérdida de conciencia y en cambio no temes el hecho de que estás envuelto en vómitos, desnudo, con los ojos rojos de tanto llorar, moqueando y lleno de heridas que probablemente acabarán infectadas.
Él trata de tomarte la mano. El extraño cristal que os separa no os permite reuniros.
“No me habría rechazado”- piensas para ti mismo, y sonríes con los dientes manchados de ignorancia.
Intentas abrirte paso por el cristal una, dos, tres veces. Cuanto más tardas en recibir su ayuda más te pudres, más lloras. Comienzas a gritar.
El Otro hace lo que puede, pero si no abres una brecha en el cristal, tú que aún tienes algo de decisión alimentando tu cerebro, el otro no comenzará a golpear la barrera.
Al lado contrario Tú se marchita. La pena, la desilusión y el tedio acaparan su corazón. Sabe que no se puede hacer nada, que tú eres quien debe romper la barrera, lo sabe porque él jamás sería capaz de hacerlo.
Él ya no llora, se resigna. Su compañero (no quiere saber tu nombre) está apoyado contra la barrera, derrotado. Piensa que te has resignado.
Ve tu miedo, tu soledad, tus heridas y golpes. Le apena no tener un pañuelo a mano para ofrecértelo. No poder ayudarte a limpiar tus deshechos y tu inmundicia. La mugre debe ser insoportable en tu lado del cristal.
Se da la vuelta, sabe que la batalla está perdida. Te has desangrado hasta la última gota. No queda felicidad, ni alegría, ni esperanza, ni tan sólo un poquito de fe.
Estás vacío, te has convertido en una carcasa de huesos y venas secas. No hay nada que el pueda hacer. Se marcha.
Tu visión está tan empañada que no te das cuenta.
Sigues hablando solo. Caes.
Tu mugre seguirá en el mundo un rato más.


3 comentarios:

  1. ufff es muy impactante sobre toda la forma de aver descrito los sentimientos por que anteriormente e leido alguna forma de expresion parecida pero no se donde la verdad es que es profundo se deja denotar la rabia y la impotencia y las ganas de rendirse pero recuerda que no puedes hacer eso por la sencilla razon de que no te dejare caer y aunque se vomite toda la esperanza,comeremos mas ilusion y crearemos nuevas esperanzas mas emociones y sentimientos pero no te dejare sola por la sencilla razon de amarte y lo are con total plenitud hasta que mis dias acaben
    eternamente tuyo:Sergio.

    ResponderEliminar
  2. ¡¡Wow..Qué Intensidad!!. Grandiosa esta entrada.

    Completamente impactada.

    ResponderEliminar
  3. que sentimientos , que impacto me a causado
    maria ingreible enserio.
    de:Blanca

    ResponderEliminar