
Voy a escribir en este espejo cómo me siento. Soy horas no dormidas, comida que soy incapaz de digerir. Café, mucho café. Minutos muy lentos que se deshacen en mi rostro conforme se va tornando apagado y triste. Vacío, indiferencia porque todo lo que importa está lejos, o es difícil. Derrota y desesperación en un instante, y al siguiente, un agujero donde antes debían estar. Un boquete relleno de soledad y sentimientos de fracaso de ineptitud.
Soy… soy esos puntos suspensivos tras los que se encuentra un suspiro, un lamento, y las ganas de golpear con el puño cuanto me rodea. Soy la rabia que me llena al pensar que herirme no arregla nada. Ojala lo hiciera. Porque me daño de todos modos rajando mis pensamientos uno a uno y uniéndolos de nuevo.
Soy esas ojeras y esos labios secos que se jactan contemplándose al ser parte de mi reflejo. Tengo la gran determinación de que el sol saldrá hoy, y la suerte lo llena de nubes; soy el girasol que no encuentra su camino. Soy esa decadencia autoprovocada, la autocompasión sin consuelo de nadie.
Soy estas palabras inútiles, no soy absolutamente nada, soy una mota más de polvo bajo un sillón viejo. Soy una voluta de humo que se desvanece, un sonido sordo que repiquetea en tus oídos. Soy una voluntad perdida, una resignación, una frente arrugada y un entrecejo fruncido.
Soy un grito que no se pronuncia porque no importa que lo haga o no. Soy sorda, ciega y muda, por voluntad propia. Soy un espejo que no refleja, un río que no fluye, un exquisito primer plato vomitado.
No importa realmente qué soy, ni si mis manos desearían alejarse de mí misma y mi cuello se estremece por mi devenir.
Está escrito, me basta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario