miércoles, 30 de junio de 2010

De sumas y restas



Uno más uno jamás podrá ser tres. Esta premisa forma parte del equilibrio de las cosas. Si tratáramos de soportar con andamios y tuberías, y tiritas y esparadrapo una suma en tales condiciones, los cimientos de la misma caerían. He conocido esa sensación en la que los cimientos de la adición tienden a ceder y a erosionarse. Las columnas de cemento que incorporé sostienen la estructura temporalmente, a sabiendas de que un terremoto más podría destrozarlo todo.
A tal suma libertina tan sólo una sustracción adecuada (la eliminación de un miembro del sistema) podría dotar de una nueva estabilidad (Si bien las condiciones de la operación quedarían dañadas).
Además se ha de añadir a esta situación que el orden de los factores SI altera el producto. El resultado final varía considerablemente, si los sumandos bailan sin orden alguno, o si los sustraendos y minuendos ruedan y se confunden los unos con los otros.
De sumas y restas se parte, aunque no den un resultado matemáticamente perfecto. Porque mediante la manipulación de los números, de los factores…de las unidades, la operación puede adquirir infinitos matices. Aunque uno más uno jamás podrá ser tres, se contemple desde una base u otra. El dos es el único número matemática y visualmente perfecto, la única columna que puede sostener el edificio de tales cambios y evoluciones numéricas.
Se mire, repito, en la base en que se mire.

Maquillaje



Se pintó los labios de carmín, tratando de disimular unos labios excesivamente gruesos con los trucos de maquillaje de una revista. Estaba harta de que, dondequiera que fuese, su boca fuera el centro de atención. Hacía ya mucho que nadie la miraba a los ojos.
Porque estos eran castaños, tan comunes e imperfectos como todos los de su alrededor. Solo que los suyos eran muy pequeños. A veces se preguntaba como era posible que pudiese ver. Para evitar sentirse mal consigo misma, aplicó sombras claras alrededor, para agrandarlos, mientras por otra parte trataba inútilmente de disimular sus crónicas ojeras.
Pero antes de todo esto, había recubierto su rostro lleno de imperfecciones (pecas, manchitas…) con una fina capa de base, que bien le habría servido de máscara de carnaval.
Cuando terminó con todo lo anterior, quiso resaltar sus pómulos con algo de maquillaje, mientras se decía “mejor parecer una puerta que yo misma”.
Ahora, sus ojos parecían más pequeños y enmarcados con un halo blanco mortecino. Sus labios, que eran lo más bello de su rostro, pasaban desapercibidos totalmente, y sus mejillas parecían sonrojadas con un afecto totalmente artificial.
Se observó, como quien valora un jarrón que ha comprar para colocar en su salón, y se dijo: “Por fin. No me reconozco”.
Tras colocarse una sonrisa como último detalle para su máscara, tomó un paraguas, con el fin de evitar que la lluvia mostrara su verdadero ser, y salió a la calle. Taconeó camino a la discoteca, para conquistar a un amante (tal vez dos) gracias a su naturalidad.

martes, 29 de junio de 2010

Besos



Los besos de ayer fueron besos de verano. Yo los quería todos. Especialmente aquel beso mojado de la piscina, con el agua acariciándome los labios y tú el corazón. Habría sido el plato perfecto de la tarde si hubiera estado acompañado de caricias y palabras dulces y picantes al mismo tiempo.
También te pedí sin palabras ese beso al aire que me gusta tanto, ese en que tú te me acercas, y yo me acerco y me aparto. Es la receta más sencilla para sentir curiosidad (¿Cómo habría sido aquel beso?) y frustración a un mismo tiempo. Se trata de un beso liviano y ácido. Me recuerda a los besos-sombra.
Son esos que me regalas al atardecer en nuestro rincón preferido del parque. Yo te pido un beso (aunque siempre deseo más) y tú te acercas con tus labios enamorados y tu sombra. Nuestras siluetas quedan unidas en la fresca hierba, rodeadas de margaritas y alguna que otra mariposa macaón. Sin saberlo nos estamos besando dos veces.
Con todo, siempre te pido que dejemos nacer un nuevo beso. Aunque sean besos de Morfeo. Los que entregamos aun cuando vemos cómo al otro se le cierran los ojitos de cansancio.
Son alas que donamos para que el otro pueda volar entre sueños y alcance los cielos y sueñe con angelitos (aunque preferiría que soñases conmigo). Son dosis de somnífero en pequeñas cantidades pero plagadas de cariño y devoción.
Me recuerda por su tranquilidad a cualquiera que recibes o entregas mientras das gracias a la vida. Por haber conocido a esa persona. Es un beso de gratitud.

Podemos sentir ese primer beso con sabor a café, uno monótono y comprometido, el típico último beso amargo y distante o un montón de labios ardientes y “te quiero” fingidos.
De todos cuantos he nombrado, me quedo con los besos de verano, pero repetidos a lo largo de todo el año.
Entre toda la gama de caricias en la boca me reservo para mí, y guardo en forma de recuerdo en el álbum de mi memoria, los besos de verano.
Porque son los que me has dado tú.

domingo, 20 de junio de 2010



Mi único deseo era poseer aquella estrella que iluminaba el cielo justo a 85º a partir del marco de mi ventana. Desde mi pequeño apartamento soñaba cada noche con ostentarla, con que iluminara el sombrío ático en el que me ocultaba bajo montañas de libros.
Se veía tan bien, flotando entre cientos de hermanas, como bailando un ballet alrededor de la luna. Brillando para todos y para nadie, porque no había alma en aquella ciudad que le concediera la mayor importancia.

Cuando compartía mis sentimientos sobre aquel astro con amistades o amantes, todos comentaban lo mismo “a mí también me gusta mirar las estrellas, son bonitas”. No entendían nada. Consideraban aquel diminuto puntito como una bombilla suspendida en el aire, y nada más. Tan sólo era para ellos un goce estético, mientras que para mí era el símbolo de la esperanza. Al fin y al cabo, el hecho de que me perteneciera era lo único que me había atrevido a anhelar en toda mi vida. La consideraba un ángel, una guía, un motivo para no encerrarme en mí misma, para abrir las ventanas de mi cárcel alquilada y mirar más allá.

Una noche, sentada con cientos de personas que decían amar la astronomía en medio del parque más grande de la ciudad, experimenté que a veces los secretos permanecen mejor guardados.
Apoyada en la hierba húmeda, señalé a mis compañeros el punto exacto donde se encontraba la estrella más dulce y bonita de todas, si bien algunos de ellos ya la habían descubierto por sí mismos. Todos decían que era exactamente igual a las demás, porque a tal distancia eran como gotas de agua. Yo sabía que no era así, y pasé la noche contemplando, horas y horas, la misma estrella.
A la semana siguiente, en una nueva reunión, me sorprendí al escuchar a todo el mundo lo hermosa que era mi estrella, que brillaba de un modo especial, más puro. El resplandor de aquella era especial, la hacía diferente. Todos querían ahora poseerla. Ya no era mía, sino de todos, de todos aquellos que no habían sabido apreciarla y que ahora lo hacían para parecer tan especiales como ella.

Desde mi pequeño apartamento observé una última noche ese minúsculo regalo que la vida me había brindado y arrebatando en tan poco tiempo. Resplandecía de un modo melancólico, tenue y casi con tristeza. Tal y como me sentía yo. Sabía que era un adiós, que pronto la estrella, de tanto ser mirada, se apagaría. ¿Y qué podía hacer yo, si ella estaba tan lejos, al otro lado de mi ventana, justo a 85º a partir del marco de ésta…y mi único deseo había sido poseerla?

sábado, 19 de junio de 2010

Aquella niña...



Aquella niña de pícara mirada y una peca junto a la nariz, esa muñequita que esbozaba medias sonrisas y me seguía doquiera que fuese, ha cambiado. No sólo en altura, o en madurez. Ya no la reconozco. A pesar de que sus ojos siguen siendo azules y continúe teniendo la misma expresión angelical cuando está durmiendo.
La niña que en su día fue, la alegre, permisiva y cándida joven que yo conocía, ya no existe. O quizás si, muy en el fondo de su alma. Ahora sus pupilas brillan con desafío, con rencor e indiferencia. Ya no me habla, no me habla porque traté de protegerla a mi modo, y mis maneras le disgustaron.
También me odia porque creo en una decisión suprema que, en mi opinión, le hará bien. Aunque ella lo niegue. Ella y los pajaritos que la acompañan. Ella y sus hormonas.
Mientras yo trato de aferrarme a mis convicciones y a un recuerdo, me siento sola en esta habitación, aunque ella esté a unos centímetros de mí. Muy muy lejos de donde yo me encuentro. La niñita que me adoraba, a la que yo pensaba que siempre podría cuidar, a la que nunca supe del todo como proteger, se fue hace mucho. Yo no me di cuenta, pensaba que a pesar de los cambios superficiales, de los problemas… esa muñequita de ojitos azules seguía siendo transparente conmigo. Me pregunto si algún día de estos, cuando ella ya no me reconozca tampoco a mí, se le caerá esa pequita tan graciosa que aún conserva. A veces tengo la sensación de que ya no la lleva puesta. Si se le despega, la guardaré entre algodones, junto con el recuerdo de una sonrisa, un llanto de bebé, un primer día de escuela, y una tarde de paseo. Lo guardaré todo junto y bajo llave por si, cuando los pajaritos de su alrededor y las hormonas y todo ese odio vuelen, decide que quiere recuperarlos.
Por si algún día decide que quiere volver a ser mi muñequita de pícara mirada.

viernes, 18 de junio de 2010

Pensamientos de papel reciclado




Te he escrito cinco cartas, ni una más…y desde luego no falta ninguna. Te he escrito mis pensamientos, cada tarde, junto a un café y el atardecer reflejado en la taza. Solo tengo papel reciclado, porque sobre él solo escribo pensamientos, palabras que se desvanecen y que acaban en la papelera de mi habitación. Solían terminar allí, hasta que apareciste tú. Aunque sigo utilizando folios reciclados para mis escritos, ahora papel de carta con flores prensadas y colores claros. Si te las fuera a entregar, quizás las perfumaría, pero por ahora permanecen guardadas en una cajita de zapatos a buen recaudo en un cajón. Escribo cada palabra con pluma, como pintando los trazos de ese sentimiento que no me deja conciliar el sueño, ni comer, ni pensar en otro que no seas tú. Aprovecho cada margen, cada espacio de ese papel reciclado mientras me pregunto si serás como imagino. Si tu historia va más allá de esos cafés que sirves cada tarde en la terracita a la que suelo ir, si alguien deja su carmín sobre tus mejillas cada noche, y si esa otra persona conoce tan bien como yo la gracia de esos rizos castaños que caen sobre tu frente.
Quizás un día, cuando el café de tu bar sepa demasiado amargo o esté demasiado frío, o la taza esté sucia, y tenga una excusa para no regresar, deje olvidadas esas cartas por casualidad, regalándote una última propina y algunos pensamientos de papel reciclado.


Cuando entro de nuevo en la habitación, me sigues con la mirada. De arriba abajo, valorando si mi expresión y mis gestos son de cansancio, de plenitud, o de indiferencia. Estas tapado con ese edredón tan cómodo y que sabes que tanto me gusta, de cintura hacia abajo. Imagino que todavía seguirás desnudo, descansando, ahora sí, en la más absoluta inocencia. Me miras con la mirada de quien no deja de desear jamás a quien ama, y yo te correspondo con la misma profundidad. Sentándome a tu lado encuentro en tu mesilla una pequeña pluma, que quizás se ha posado allí para descansar en su ligero viaje por los cielos de nuestra urbe. Es un plumón blanco, impoluto, tan perfecto como el instante en que nos encontramos. Lo tomo entre mis manos con delicadeza, y te beso en la mejilla mientras, como en un juego, recorro con la pluma tu cuerpo. Primero la mejilla, luego la nariz, después tus labios… evito la zona del cuello porque queda reservada para mi boca y mis besos. Entonces me miras sorprendido, sin comprender como una acción tan insignificante puede hacerte sentir tanto. Y sin dejar de poseer tu cuello, sonrío dulcemente, recorriendo mientras tanto con la pluma esa dulce curva que es tu espalda.

El beso




Estábamos cerca de la Place de la Concorde, alrededor de los años 50. El gentío abarrotaba las calles en hora punta, y mientras todos se apresuraban a volver con sus familias después de un largo y arduo día de trabajo, nosotros paseábamos. Paseábamos separados a una cierta distancia del otro, con prudencia. Nuestras manos se buscaban queriendo entrelazárse, pero evitándolo al mismo tiempo presa del temor al rechazo.
Tú llevabas mis bolsas, acompañándome a la estación. Quizás nos veríamos en verano, me decías sin llegar a prometer nada, y yo no podía dejar de pensar en todos los besos y todos los abrazos que no nos habíamos llegado a dar. A escasas manzanas de mi casa, y muy cerca de la Place de la Concorde, te paraste, me miraste, sonreíste como si no hiciera falta decir nada, y me besaste. En medio de aquella calle abarrotada de viandantes que fingían no ver nada. Allí me regalaste esa caricia en los labios, dejando para mí y para siempre ese recuerdo de dos corazones latiendo con el fuego de una última vez. El recuerdo de dos almas llameantes paradas en aquel hormiguero de París.

jueves, 17 de junio de 2010

Nous pourrions aller à Paris...



Llévame a París, la ciudad del amor, pero no me lleves en primavera.
No me lleves cuando todos los árboles se pavoneen mostrando las flores que infectan el cielo con su polen. En esos momentos las hormonas están disparadas y los niños gritan por los parques con ganas de verano.
Llévame a París, junto a la Torre Eiffel, pero por favor, no en verano.
En verano el hedor a piscina y a crema solar inunda las calles, el calor amedrenta los ánimos y los turistas taponan las calles realizando fotos.
En otoño…en otoño sería inadecuado partir hacia allí. Los árboles lloran sus hojas, Nôtre Damme se siente melancólica y las vidrieras pierden sus colores místicos. La torre Eiffel trata de alzarse sobre un paisaje que ya ha caído.
Llévame a París, amor, cuando las nieves cubran con una fina capa helada sus calles. Calles discretas por las que pasear admirando el ambiente bohemio de sus viandantes. Cuando, desde el último piso de su monumento más conocido, podamos ver, allá lejos, Le Sacre Coeur, mientras imaginamos en que casa nos gustaría vivir e inventando una chimenea, una manta de cuadritos rojos y verdes, y un sofá cómodo en el que tumbarnos en las tardes de domingo.
Podríamos, además, caminar junto al Sena apretando nuestras bufandas contra el cuello y ajustando los guantes de nuestras manos entrelazadas. ¿Y qué mejor momento para admirar Nôtre Damme, si no es cuando las luces de sus vidrieras son más tenues e íntimas que nunca?
La ciudad adquiere un matiz mágico, un halo de misticismo la rodea entremezclado con la niebla.
Llévame cuando nuestra estancia parezca de película, cuando el Louvre se vea hermoso incluso desde fuera, cuando el obelisco de la Concorde, el arco del triunfo parisino y todos los campos Elíseos parezcan algo más que arquitectura bien formada. Cuando los paisajes parisinos y su verdor contribuyan a sumergirme en un cuento junto a ti, un cuento de final feliz sin remedio. Un cuento que quizás no necesita ni siquiera un final.
Llévame a París cuando el frío y la niebla contribuyan a que tu cálido aliento quede plasmado en el aire, y a que ese vaho llegue hasta mi mejilla como un beso. Cuando cada detalle se maximice por el ambiente, y al margen de nuestras imperfecciones, todo sea perfecto. Incluso aquella foto que todavía no hemos hecho, esa en la que tú dirías que te ves tan mal…y en la que yo me vería horrorosa…incluso esa foto borrosa, sería perfecta.