
Cuando entro de nuevo en la habitación, me sigues con la mirada. De arriba abajo, valorando si mi expresión y mis gestos son de cansancio, de plenitud, o de indiferencia. Estas tapado con ese edredón tan cómodo y que sabes que tanto me gusta, de cintura hacia abajo. Imagino que todavía seguirás desnudo, descansando, ahora sí, en la más absoluta inocencia. Me miras con la mirada de quien no deja de desear jamás a quien ama, y yo te correspondo con la misma profundidad. Sentándome a tu lado encuentro en tu mesilla una pequeña pluma, que quizás se ha posado allí para descansar en su ligero viaje por los cielos de nuestra urbe. Es un plumón blanco, impoluto, tan perfecto como el instante en que nos encontramos. Lo tomo entre mis manos con delicadeza, y te beso en la mejilla mientras, como en un juego, recorro con la pluma tu cuerpo. Primero la mejilla, luego la nariz, después tus labios… evito la zona del cuello porque queda reservada para mi boca y mis besos. Entonces me miras sorprendido, sin comprender como una acción tan insignificante puede hacerte sentir tanto. Y sin dejar de poseer tu cuello, sonrío dulcemente, recorriendo mientras tanto con la pluma esa dulce curva que es tu espalda.
^^ breve...pero muy buena!!
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