miércoles, 30 de junio de 2010

Maquillaje



Se pintó los labios de carmín, tratando de disimular unos labios excesivamente gruesos con los trucos de maquillaje de una revista. Estaba harta de que, dondequiera que fuese, su boca fuera el centro de atención. Hacía ya mucho que nadie la miraba a los ojos.
Porque estos eran castaños, tan comunes e imperfectos como todos los de su alrededor. Solo que los suyos eran muy pequeños. A veces se preguntaba como era posible que pudiese ver. Para evitar sentirse mal consigo misma, aplicó sombras claras alrededor, para agrandarlos, mientras por otra parte trataba inútilmente de disimular sus crónicas ojeras.
Pero antes de todo esto, había recubierto su rostro lleno de imperfecciones (pecas, manchitas…) con una fina capa de base, que bien le habría servido de máscara de carnaval.
Cuando terminó con todo lo anterior, quiso resaltar sus pómulos con algo de maquillaje, mientras se decía “mejor parecer una puerta que yo misma”.
Ahora, sus ojos parecían más pequeños y enmarcados con un halo blanco mortecino. Sus labios, que eran lo más bello de su rostro, pasaban desapercibidos totalmente, y sus mejillas parecían sonrojadas con un afecto totalmente artificial.
Se observó, como quien valora un jarrón que ha comprar para colocar en su salón, y se dijo: “Por fin. No me reconozco”.
Tras colocarse una sonrisa como último detalle para su máscara, tomó un paraguas, con el fin de evitar que la lluvia mostrara su verdadero ser, y salió a la calle. Taconeó camino a la discoteca, para conquistar a un amante (tal vez dos) gracias a su naturalidad.

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