
Aquella niña de pícara mirada y una peca junto a la nariz, esa muñequita que esbozaba medias sonrisas y me seguía doquiera que fuese, ha cambiado. No sólo en altura, o en madurez. Ya no la reconozco. A pesar de que sus ojos siguen siendo azules y continúe teniendo la misma expresión angelical cuando está durmiendo.
La niña que en su día fue, la alegre, permisiva y cándida joven que yo conocía, ya no existe. O quizás si, muy en el fondo de su alma. Ahora sus pupilas brillan con desafío, con rencor e indiferencia. Ya no me habla, no me habla porque traté de protegerla a mi modo, y mis maneras le disgustaron.
También me odia porque creo en una decisión suprema que, en mi opinión, le hará bien. Aunque ella lo niegue. Ella y los pajaritos que la acompañan. Ella y sus hormonas.
Mientras yo trato de aferrarme a mis convicciones y a un recuerdo, me siento sola en esta habitación, aunque ella esté a unos centímetros de mí. Muy muy lejos de donde yo me encuentro. La niñita que me adoraba, a la que yo pensaba que siempre podría cuidar, a la que nunca supe del todo como proteger, se fue hace mucho. Yo no me di cuenta, pensaba que a pesar de los cambios superficiales, de los problemas… esa muñequita de ojitos azules seguía siendo transparente conmigo. Me pregunto si algún día de estos, cuando ella ya no me reconozca tampoco a mí, se le caerá esa pequita tan graciosa que aún conserva. A veces tengo la sensación de que ya no la lleva puesta. Si se le despega, la guardaré entre algodones, junto con el recuerdo de una sonrisa, un llanto de bebé, un primer día de escuela, y una tarde de paseo. Lo guardaré todo junto y bajo llave por si, cuando los pajaritos de su alrededor y las hormonas y todo ese odio vuelen, decide que quiere recuperarlos.
Por si algún día decide que quiere volver a ser mi muñequita de pícara mirada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario