viernes, 18 de junio de 2010

El beso




Estábamos cerca de la Place de la Concorde, alrededor de los años 50. El gentío abarrotaba las calles en hora punta, y mientras todos se apresuraban a volver con sus familias después de un largo y arduo día de trabajo, nosotros paseábamos. Paseábamos separados a una cierta distancia del otro, con prudencia. Nuestras manos se buscaban queriendo entrelazárse, pero evitándolo al mismo tiempo presa del temor al rechazo.
Tú llevabas mis bolsas, acompañándome a la estación. Quizás nos veríamos en verano, me decías sin llegar a prometer nada, y yo no podía dejar de pensar en todos los besos y todos los abrazos que no nos habíamos llegado a dar. A escasas manzanas de mi casa, y muy cerca de la Place de la Concorde, te paraste, me miraste, sonreíste como si no hiciera falta decir nada, y me besaste. En medio de aquella calle abarrotada de viandantes que fingían no ver nada. Allí me regalaste esa caricia en los labios, dejando para mí y para siempre ese recuerdo de dos corazones latiendo con el fuego de una última vez. El recuerdo de dos almas llameantes paradas en aquel hormiguero de París.

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