
Los besos de ayer fueron besos de verano. Yo los quería todos. Especialmente aquel beso mojado de la piscina, con el agua acariciándome los labios y tú el corazón. Habría sido el plato perfecto de la tarde si hubiera estado acompañado de caricias y palabras dulces y picantes al mismo tiempo.
También te pedí sin palabras ese beso al aire que me gusta tanto, ese en que tú te me acercas, y yo me acerco y me aparto. Es la receta más sencilla para sentir curiosidad (¿Cómo habría sido aquel beso?) y frustración a un mismo tiempo. Se trata de un beso liviano y ácido. Me recuerda a los besos-sombra.
Son esos que me regalas al atardecer en nuestro rincón preferido del parque. Yo te pido un beso (aunque siempre deseo más) y tú te acercas con tus labios enamorados y tu sombra. Nuestras siluetas quedan unidas en la fresca hierba, rodeadas de margaritas y alguna que otra mariposa macaón. Sin saberlo nos estamos besando dos veces.
Con todo, siempre te pido que dejemos nacer un nuevo beso. Aunque sean besos de Morfeo. Los que entregamos aun cuando vemos cómo al otro se le cierran los ojitos de cansancio.
Son alas que donamos para que el otro pueda volar entre sueños y alcance los cielos y sueñe con angelitos (aunque preferiría que soñases conmigo). Son dosis de somnífero en pequeñas cantidades pero plagadas de cariño y devoción.
Me recuerda por su tranquilidad a cualquiera que recibes o entregas mientras das gracias a la vida. Por haber conocido a esa persona. Es un beso de gratitud.
Podemos sentir ese primer beso con sabor a café, uno monótono y comprometido, el típico último beso amargo y distante o un montón de labios ardientes y “te quiero” fingidos.
De todos cuantos he nombrado, me quedo con los besos de verano, pero repetidos a lo largo de todo el año.
Entre toda la gama de caricias en la boca me reservo para mí, y guardo en forma de recuerdo en el álbum de mi memoria, los besos de verano.
Porque son los que me has dado tú.
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