sábado, 31 de julio de 2010

Carta

Aquella mañana me senté frente a mi escritorio, como solía hacer cuando pasaba horas escribiendo historias con mi pluma, y me empecé a divagar.
Quería escribir todas las virutas y tirabuzones y enredaderas que formaban mis pensamientos sobre un papel. Mi sangre daba vueltas y saltos mortales en el interior de mis venas, revolucionada.
Pensaba en ti. Pensaba en nosotros y en esa carta que deseaba crear y que ya tenía forma en mi mente. Eran más que palabras.
Te echaba de menos, lo sigo haciendo, y era tan fácil decirlo que habría podido llenar el folio entero con esas ideas. Demasiado sencillo para el maremágnum de sentimientos que me invadían todos a una. Lo sentía todo.
Confesé que te añoraba, que eres mi razón de vivir y que sólo importo porque tú me haces especial. Que sólo existo cuando tus ojos se clavan en mí. En esos momentos me sentía la más absoluta de las nadas.
Arrugué el papel, lo tiré a la papelera con melancolía y tomé otro.
Reescribí intentando que pareciera que me encontraba bien, aunque llevaba necesitándote desde hacía una semana. Eran excesivos días y demasiadas horas sin ti. Estuve pensando en ti cada instante, y mi bolígrafo tan solo fue capaz de describir unos pocos segundos de mi agonía.
Creé un horror vacui de frases y todas me provocaban frustración y rabia. Ninguna describía totalmente lo que es estar sin ti. Lo que implica tu ausencia. “¿Dónde estas?”- me preguntaba aun sabiéndolo.
Te regalaré una carta, pinceladas que perfilan vagamente mi corazón. Sentía, siento, mucho más. Pero por mucho que te hubiera escrito que me dolías, que cada día amanezco por tí, que los segundos pasan lentos, nada habría cambiado.
Deberé seguir esperando a tu llegada, al menos, un día más.

viernes, 30 de julio de 2010

Amanecer

El amanecer se iba sucediendo tan lentamente que parecía una broma. Llevaba una hora esperando con mis dos mejores amigas a ver al sol aparecer junto al mar, y acabamos yéndonos cuando apenas le quedarían unos minutos. El cansancio nos pudo.
A mi no me importó demasiado. Llevaba ya un rato pensando en él, como toda la semana.
Cuando tomábamos el sol, sentía que los rayos eran un intento de su caricia. Si miraba la mar calmada, sabía que eran sus ojos, aunque no son claros. Deseaba perderme entre las dunas de arena junto a su cuerpo mientras me clavaba piedrecitas y conchas al caminar.
Al reírme añoraba su sonrisa, y por la noche lloraba su ausencia.
Mientras volvíamos a la casa llegué a una conclusión acertada y tristísima: No estaba en la playa, no me había ido de vacaciones. Vagaba errante en su recuerdo. Me paseaba por su pelo alborotado, dormía en su regazo, bebía sus lágrimas en copas de cristal y reía con el timbre de su voz en mis oídos.
El amanecer había sido tan sólo el asomo de su sonrisa. El reflejo de su piel sobre la bóveda celeste, el cielo convertido en hombre en mi mente.

jueves, 22 de julio de 2010

Mirada

Ella tenía aquellos ojos enormes que parecían verlo todo, profundos y curiosos. Aunque en realidad siempre andaba ensimismada. Cuanto ocurría a su alrededor carecía de importancia. Prefería pensar a ver. A veces se lamentaba de tener tan bien graduada la vista y en cambio no ser capaz de observar lo que ocurría a su alrededor.

Cuando se tumbó a su lado y le miró a los ojos, su ceguera, por un solo instante, desapareció. En los ojos de Sergio podía verlo todo, todo lo que pensaba haberse perdido. El problema es que ese mundo que los demás sí podían ver, ella lo había guardado en el interior de sus pupilas. Todo cobraba sentido con él.
Sus ojos se convirtieron en las linternas que iluminaban su mundo, él era su sol, su guía.

Él era su mundo, toda su vida.

miércoles, 21 de julio de 2010

Yo también te odio



-Al final seré tan sólo un recuerdo.- le dije bajando la mirada.
Me miró con los ojos anegados en lágrimas, temblorosa.
-No, no lo entiendes Javier. Si te vas no podré olvidarte jamás, me perderé a mi misma.- mi silencio sentenciador fue roto por las dos únicas palabras que no soportaba oír si las decía ella- Te amo.
Mi corazón debió de partirse en ese preciso momento, al saber que no había nada que pudiera hacer para estar a su lado.
Iba a mudarme ese mismo fin de semana a Stortford, tan lejos de Salamanca, por capricho de mi padre y su nueva novia. ¿Qué podía hacer? No iba a atarla a una relación basada en cartas y en correos, no iba evitar que pudiera ser feliz. Aunque fuera con otra persona.
-En Strortford yo conoceré probablemente a muchas chicas, Bea, y estando tú tan lejos y ellas tan cerca elegiría a cualquiera de ellas. Es cuestión de conveniencia, nena.
Tenía que comportarme como el ser rastrero que no era, para que ella se alegrara de que me fuera tan lejos como fuera posible. Aunque en mi cabeza sólo estuviera ella, aunque no sería capaz de soportar que haya otro hombre junto a ella. Sabía que no soporta que la llamen “nena”.
-Así que sólo un recuerdo ¿eh?- me dijo enfadada.- eres lo peor.
Ambos sabíamos que era su particular forma de decir “te quiero y tú me estás haciendo daño”. Le miré de reojo y sonreí, no podía imaginar mi vida sin ella.
Me marchaba, en principio para siempre. Nuestra relación era imposible y ella lo sabía, pero seguía luchando.
Por un arrebato, quizás el más acertado de toda mi vida, la abracé con todas mis fuerzas, acercándola a mi pecho y respirando su perfume por última vez. Le repetí “te quiero” decenas de veces al oído, la estreché con todo el cariño que era capaz de transmitirle.
Después me separé de ella, la miré con fingido enojo, y en tono irónico, algo jocoso y algo melancólico le dije:
-¡Qué mal me caes! Espero no volver a verte nunca.
Ella sonrió, con una última lágrima resbalando por su mejilla, y me respondió:
-Yo también te odio.

martes, 20 de julio de 2010

Yo también



“¿Qué hice mal?” Me preguntaba mientras caminaba como sin alma por mi habitación. El calor aplastante terminó de agotarme y me dejé caer sobre mi duro y triste colchón.
Todo había terminado. ¡Pensar en el fin era algo inconcebible horas atrás! Una vida perfecta, tan sólo porque en ella estaba él, terminada. Me sentía morir, de hecho quería hacerlo, pero me sentía tan gris… ni siquiera tenía fuerzas para abandonarlo todo.
Así que decidí abandonarme a mí misma, olvidarme de apreciar los momentos en que todo parecía ir bien, esperando que su rostro se borrara de mi cabeza con la neblina que sólo el tiempo sabe extender.
Tirada en la cama, ni siquiera se me pasaba por la cabeza la idea de sobreponerme. No era necesario, la decadencia sería mi modo de vida. Sin él y para siempre.
Entonces comprendí que me había atado demasiado a él, mea culpa. Pero no me arrepentía, porque tras todo este tiempo él era mi único motivo para continuar, para vivir mirando hacia delante. Ahora me hallaba anclada en el pasado, y con un presente alicaído.
De pronto sonó el teléfono, me pareció que con mayor fuerza de la habitual. Nada me importaba, por lo que caminé sin prisa. No llegué a tomar el teléfono en mis manos, cuando escuché el mensaje que Ricardo me estaba dejando en el contestador.
-Esto…hola Irene. Creo que…bueno, deberíamos hablar. Me precipité con todo esto ¿sabes? En realidad si te quiero, pero ya sabes, estaba…muy enfadado contigo por lo de la cena y muy estresado en la oficina y la pagué contigo todo de golpe. Llámame ¿vale? Piensa en nosotros, que son tres años y medio juntos, joder…sabes que lo siento. Piénsatelo y dame un toque…en cuanto puedas.
El corazón me dio un vuelco al reconocer su voz, y parece que mi rostro volvió a adquirir vida unos segundos.
Tras escuchar el mensaje, supe que todo dependía de mí y que un susto como el de hacía dos días no se repetiría. No volvería a decirme que estaba harto de mi forma de reír, que no soportaba como me movía o como le decía “cariño”. No me llamaría patética de nuevo, ni me alzaría la voz diciéndome que no me soportaba.
Dejaría de hablarme de sus compañeras de trabajo, sobretodo de esa francesa, Sophie. Todo lo que sabía de ella era que tenía unas piernas interminables y que su pintalabios rojo intenso la volvía irresistible “para todos los de la oficina”.
Mientras tomaba una cerveza de la nevera me preguntaba como podía amar tantísimo a alguien que había cambiado lo inimaginable. Sabía que tras el accidente ella ya no era la misma, que debía ser humillante pasear por la calle con una persona que tiene fobia al tráfico. Caminaba siempre tensa y agarrada a su brazo, diciéndole que podíamos ver una película en mi casa, si lo prefería.
Así, acabábamos por hacer el amor y él se olvidaba de mis temores y yo me sentía un poco más útil y un poco menos estúpida.
Yo le quería y era correspondida, y eso era maravilloso. No todo en nuestra relación era malas caras. En verano íbamos al parque y nos tirábamos por la hierba mientras engullíamos entre ambos un litro de helado de chocolate, y cuando íbamos a la piscina él se dejaba hacer aguadillas sin hacerme luego él a mí. Me tomaba la mano delante de todo el mundo, aun cuando sabía que eso me hacía enrojecer, y me besaba la mano continuamente. Tenía gestos muy románticos, como escribirme cartas interminables con pluma o simplemente decirme constantemente cuanto me quería.
Pros y contras, me sentía como una montaña rusa, y mi estómago no ayudaba. Hacía apenas cinco minutos habría dado la Tierra por regresar a su lado, ¿y ahora estaba replanteándomelo?
Deseché ese pensamiento de mi cabeza. Tomé el teléfono y marqué su número…no recordaba si acababa en 4 o en 5. Hice un último esfuerzo mental y recordé la cifra, a lo que mi estómago contestó con un dolor intenso.
Pareció que pasaban siglos hasta que oí su voz al otro lado del auricular.
-¿Mi amor?- preguntó.
-Ricardo, no voy a volver contigo. Ya nada me importa…ni siquiera tú.
Él sabía que estaba mintiendo, que estaba creando una pared de hielo en torno a mi corazón, para evitar que éste se pudriera con un nuevo desengaño. Todavía no se si para hacerme cambiar de opinión o por sentimiento, se echó a llorar. Jamás lo había visto así, y conforme oía sus sollozos y sus “porfavor” mi coraza quería resquebrajarse.
-Lo siento, pero ahora mismo estoy muy atareada, ya hablaremos un día de estos.- le dije sabiendo que no volveríamos a hablar en mucho tiempo.
Él quiso lanzarme una última oportunidad, y justo antes de colgar me dijo: Te amo.
Coloqué el teléfono en su lugar, me desplomé en el sofá y mientras delineaba su cara en el gotéele de las paredes susurré tratando de olvidar…
“Yo también”.

sábado, 10 de julio de 2010

Viajar...



Me preguntaste ayer, mientras recogía los últimos cereales que flotaban sobre la leche de mi desayuno, a dónde me gustaría viajar…me formulaste esa pregunta y sin hacer el equipaje, sin comprar billetes siquiera, mi mente empezó a volar.

Tal vez a la España de la Edad Media, para contemplar cómo las relaciones de vasallaje son más fuertes que cualquier creencia o religión. Quizás al siglo XIX parisino, época de las revoluciones, la bohemia y las noches alocadas del Moulin Rouge retratadas en los carteles de Toulouse Lautrec.
época de las revoluciones, la bohemia y las noches alocadas del Moulin Rouge retratadas en los carteles de Toulouse Lautrec.
¿Y qué tal a principios del siglo XX? Vanguardias, Monet, Van Gogh, Picasso, Dalí…Max Estrella quitándose el cráneo una y otra vez hasta…”buenas noches”.
No seamos pretenciosos, pensé. ¿Por qué no al Japón de hoy? Tal vez no pueda ver en vivo la hermosa cultura de cien años atrás, pero estoy segura de que sería una experiencia inigualable. Sin geishas, sin sus kimonos o samurais y sin sus normas fijas de conducta.

Cuando no había dicho todavía palabra, tú mismo respondiste:
-Este año no da para mucho, recuerda, así que…o al pueblo o haciendo un esfuerzo, a la playa.
Dicho esto, nos caímos de mi nube: La persistencia de la memoria, la piedad de Miguel Ángel, un magnífico autorretrato de Renbrandt y yo. Se derrumbaron la columna trajana y la torre de Pisa; se tropezó un Van Gogh y el parlamento londinense; y, según creo, un último samurai se perdió entre mis pensamientos.
-Em…sí, el pueblo está bien- sonreí consciente de la realidad…y del alquiler.
-Además desde lo alto del campanario hay unas vistas inigualables- continuaste.
El resto no pude escucharlo. Mis ojos contemplaban fijos el calendario de la cocina. Una estática y pequeña muestra de La fuente de los cuatro ríos, de Bernini…

viernes, 9 de julio de 2010

Despertar



Acababa de despertarse y tras sortear difícilmente un par de pesas y unos cojines, salió de la habitación en dirección al salón. Él había estado a su lado, dormido. Había resultado extremadamente difícil deslizarse sin hacer ruido hasta el cuarto de estar. Valía la pena. Observar su carita de ángel, tan inocente, le daba un soplo de felicidad que nada más podía otorgarte.
Se sentó sobre el sofá (o mejor dicho, se dejó caer sobre él) más cansada incluso que antes de acostarse. Sentía cada músculo, cada fibra de su ser, mostrando todo el cansancio que había acumulado a lo largo del día anterior. Se habría desperezado y habría suspirado con fuerza de no ser porque temía despertar a su amor de chocolate.
Si él se hubiera levantado y la hubiese seguido hasta el salón, de seguro se habría derretido. Ser tan dulce debía ser pecado. Mil veces se lo repetía y otras tantas él lo negaba.
Incluso si trató de no molestar a la razón de su existencia, lo vio asomar por el umbral de la puerta. Le preguntó si le había despertado, y el joven dijo que no. Fue una de esas “mentiras” que no se cree ni quien la dice ni quien la recibe. Una mentira acompañada de una sonrisa, un sonoro beso y una caricia.
Nunca pensó que deshacer la cama, levantarse temprano y despertar a los demás tendría una consecuencia tan dulce. Nada de gritos ni enfados, tan sólo un buen desayuno a base de galletas de chocolate.
“Deberían crear galletas con sabor a sus besos”- pensó.
Luego sacudió la cabeza y dio un trago a su vaso de leche, pensando que tanta dulzura empalagaría o produciría caries. Además no le gustaban los conservantes o colorantes. Si iba a recibir sus besos, que fueran como todos los que le dio después. A unos 35 grados, con la ventana abierta, la persiana bajada, bajo los edredones y exponiendo sus corazones.

miércoles, 7 de julio de 2010

Personalidad






Te sientas en el borde de tu cama, y con el alma en la garganta y los ojos anegados de lágrimas intentas tranquilizarte. Es muy fácil decirte a ti misma “cálmate” pero demasiado difícil hacerlo. Sientes rabia. No puedes evitar sentirte como te sientes ni tampoco eres capaz de encontrar un origen racional al dolor. Sencillamente cualquier palabra te asusta, un simple gesto te pone nerviosa, saltas a la mínima ironía.
Hace mucho que no te sientes tú misma. Se te disparan los pensamientos, las emociones se revuelven en tu corazón y sientes ganas de vomitarlas en forma de lágrimas todo el tiempo.

Estás feliz, en silencio y mirando a los ojos a la razón de tu existencia, cuando tu mente entra en ebullición y miles de pensamientos egoístas, agoreros y catastróficos te atrapan. Entonces se trunca toda sonrisa, y tratas de recuperar la voz para decir un “te quiero” respaldándote en la oscuridad en que os encontráis. Gotitas de pena resbalan por tu rostro. Rezas porque en ese instante su mano no roce tu cara, que no desee sostenerte porque entonces sabría que hay algo en ti que va mal. Algo que ni siquiera tú misma comprendes.

Te has convertido en una montaña rusa. Ora arriba, ora abajo. No hay punto medio como antes, perdiste todo matiz. Temes la reacción de los demás, pero ante todo temes tu propia reacción. Qué dirás a lo próximo que escuches, si serás grosera, sarcástica o simplemente permanecerás indiferente. Toda opción es funesta, te sientes atrapada en ti misma. Lo peor es que en tu interior, aun a sabiendas de que son tus emociones las que te dominan, crees tener la razón. Siempre creíste que lo que tú pensabas era lo correcto, y quizás lo era…o quizás no.

Te deslizas en el interior de las sábanas, creyendo que tus sentimientos y emociones son demasiados y demasiado complejos para ti, que no puedes con ellos y te consumen. Entiendes que jamás habrá una tregua, y luchas ya por desesperación. Cierras los ojos y te tapas los oídos, pero el dolor es ciego y sordo y no necesita de tus sentidos para actuar. Duele. Porque es una parte de ti misma que desearías poder borrar.

A veces desearías ser fulminada por eliminar de un solo golpe tu personalidad. Aunque hace mucho que sientes que no eres tú misma. Qué importa ya.

sábado, 3 de julio de 2010

La primera carta


Entré en la cocina, ya algo desordenada por los restos del rápido desayuno de mi padre y me senté todavía adormilada sobre una banqueta. No tener que madrugar, es decir, levantarte a la hora de comer, era una de los mayores placeres del verano. Olía a macarrones con salsa boloñesa, mi plato preferido, y al café con pastas preparado para el postre.
Me desperecé y me rasqué la cabeza con aire distraído cuando mi madre se acercó a mi, y tras mirarme con desaprobación (no, no había ordenado el cuarto y desde luego no me había hecho la cama), me entregó una carta.
La dirección en la que vivo estaba trazada firmemente, con letras finas, algo inclinadas y bien delineadas. Podía mirar el lado opuesto y averiguar quién era el remitente de una carta que no esperaba, pero preferí adivinarlo.
Tal vez fuera una amiga de aquellas que conoces en verano y de las que nunca vuelves a saber nada, o por el contrario… ¿Quién sabe? No era muy conocida en mi nuevo instituto, pero podían ser las palabras de un admirador…
Tras bostezar, sin demasiada prisa por conocer el resultado del dilema, comprobé la autoría de mi carta.
Cómo no, una carta del I.E.S Francisco de Quevedo, esta vez para señalar que había un error en mi matrícula de este año. Qué mala suerte. Con todo… ¿Qué esperaba? Nunca fui tan especial como para que una conocida me recordara al cabo de un año, ni lo suficientemente bonita como para tener un amante secreto. Tan solo era lo bastante despistada como para aportar un DNI caducado para el papeleo oficial de mi instituto.
La historia de siempre. Soñaba con recibir cartas con noticias importantes, o llenas de recuerdos y sentimientos, pero nunca me atrevía a enviar yo misma la primera carta.

Tarde de verano



Era un día como otro cualquiera, una tarde de verano…del último verano que pasaríamos juntos. Los tres. Amigos desde la infancia que se separaban con la llegada de la madurez a sus vidas. Era trágico, lógico y de esperar.
Yo quería estudiar psicología, trabajar ayudando a la gente y escuchar cientos de historias, y esa carrera no estaba en un pueblo a una hora de la capital. Mis amigos habían acordado ir juntos al extranjero, alquilar un pisito, tal vez un ático ya amueblado con un montón de polvo que limpiar y un montón de sueños por cumplir.
No nos iba a ser difícil reunirnos, puesto que nuestro pueblo estaba cerca de la frontera, y los tres quedábamos a igual distancia de él desde nuestros nuevos hogares. Pero todos sabíamos que las visitas se irían distanciando en el tiempo, que las cartas dejarían de ser continuas y que acabaríamos por ser unos completos desconocidos.
Por esto que fuimos al bosque en el coche de Gabriel, mientras en los asientos traseros Marcos y yo discutíamos por qué mermelada sabría mejor sobre las tostadas que mi madre nos había preparado.
Era una situación extraña. Éramos conscientes de que iba a ser una especie de despedida, aunque ambos lo negábamos mediante sonrisas y bromas. Quizás lo mejor había sido separarnos un tiempo, ahora lo sé. Marcos miraba de reojo a Gabriel mientras me abrazaba, y yo sabía que Gabriel me cogía por la cintura para ayudarme a caminar con más cariño del habitual.
Dejé mis muletas junto al arroyo, me senté, y observé divertida como mis dos amigos, a los que todavía veía al igual que cuando teníamos seis años, preparaban el picnic.
Allí, bajo la luz del atardecer, rodeados de mosquitos e inmersos en nuestros pensamientos, prometimos, que pasara lo que pasase, jamás nos olvidaríamos. Brindando con zumo de naranja, merendando tostadas con mantequilla y mermelada, haciendo fotos que deben continuar perdidas entre los papeles de mi antigua habitación y flotando entre los sentimientos que entre nosotros querían aflorar.
Era necesaria una separación para apagar el amor. Para que ellos olvidaran mi vestido y mis lazos, para que yo olvidara la sonrisa de Marcos y la mirada de Gabriel.
Pero cuatro años después, al reencontrarnos por casualidad, aquella niña no era para ellos un simple recuerdo de la brisa que traía el verano, y yo era incapaz de olvidar los ojos verdes de Marcos y las dulces manos de Gabriel.

jueves, 1 de julio de 2010

Ese es nuevo



La mañana quería sorprendernos, pero solo le sorprendió a él. En el momento en que desperté todavía estaba oscuro y no había rayo de sol que penetrase por entre las rendijas de su ventana.
Hacía calor y trataba de remediarlo cuando lo vi. Todavía durmiendo, respirando tranquilo y con fuerza. Mi mirada se pasó de nuevo en la dulce curva de su espalda y en los recuerdos de la noche anterior. Cuanto más lo pensaba, más deseaba acariciarle, aun a riesgo de que abriera sus ojillos ya sin remedio.
Quería alcanzar con las yemas de los dedos ese pequeño, precioso lunar que apenas horas antes había pasado desapercibido. Seguía haciendo calor, y yo ya no sabía si por culpa del tiempo bochornoso o debido a mi mente retorcida. Le despertaría y después…”Después nada”- me dije sacudiendo la cabeza- “Déjale dormir hasta que se le antoje, está agotado”.
Como respuesta a mi susurro, el joven querubín con quien compartía habitación y cama emitió un dulce ronquido. Si, sonidos como estos llegaban a ser dulces si ves a la persona amada a través de los ojos con los que yo le veía.
Se trataba de un hermoso querubín de 47 años, con el pelo cano, frente ancha (por no decir que le faltaba cada vez más de su preciada cabellera), mandíbula marcada y manos grandes y fuertes.
Es el hombre de mi vida, aunque él todavía no lo sabe, a pesar de 30 años de relación, muchos helados de fresa derretidos y muchos besos robados que aún no hemos vivido.
Porque ese hombre de 47 años, ese día, tan sólo tenía 17.
-Ese es nuevo- le susurré cuando dirigió sus pupilas hacia las mías.
Cuando sintió mis dedos sobre su espalda, esbozó una sonrisa hermosa, la de un ángel.
La misma media luna que acompañaría cada uno de mis amaneceres durante el resto de mi vida.