lunes, 15 de noviembre de 2010

Solo es lunes…y me muero de ganas por abrazarte y oír tus te quiero en m i oído.
Te añoro sin remedio, aunque apenas hace 24 horas que no puedo verte. Me acuerdo de nuestras pequeñas alegrías para sentirte cerca: las bromas, los mimos, un edredón, una carita de pena, una cara de globo, o un beso inesperado. Tonterías que nadie más comprendería como nosotros lo hacemos. Tonterías que hemos hecho nuestras, y que ahora tienen un significado especial para dos personas en este mundo.
Tu sonrisa, una caricia y mi mundo iluminado. Le das la luz a cuanto m e rodea, sin ti me sumo en la oscuridad, y n o se salir. Ahora, pensando en ti,
Únicamente deseo que el tiempo pase rápido y no nos separe más. ¡Congelaría todo cuanto hay a nuestro alrededor, sólo para que el tiempo se parase y pudiera estar una eternidad contigo!
Sabes que no me cansaría de ti, y me has demostrado que tu de mí tampoco. Pero ya sabemos que no puede ser, que hay que conformarse con los fines de semana fugaces. Los mejores momentos de la semana, a tu lado y donde sea. A veces en un bar heavy, a veces tirados por el parque, a veces paseando sin más… a veces confesándonos secretos, a veces confesando lo que ya sabemos: que nos amamos.
Cualquier situación es maravillosa si estoy contigo. Tú y sólo tú eres quien hace de esos días algo especial.
Me siento tan niña cuando pienso en ti…me emociono cada vez que voy a verte, como si fuera el primer día; y espero impaciente si eres tú quien acude a mí. Si me acuerdo de ti, sonrío al instante, esté donde esté.
Quiero verte, ¿qué digo verte? Quiero abrazarte, besarte, acariciarte el rostro y mirarte a los ojos. Quiero perderme en tus pupilas y no encontrar la salida, quiero quedarme allí. En el lugar más dulce de todos.
Mañana otro día habrá pasado, y la rabia que me da no poder verte crecerá (un día más sin verte) y disminuirá al mismo tiempo (quedará menos para tenerte), sólo nos queda esperar, ya lo sabes… aguardar a que el tiempo sea generoso y pase rápido…
Porque parece que, de tanto que amamos, consumimos nuestro tiempo juntos demasiado deprisa.
Esperando a que el reloj de vueltas una y otra vez, acercándonos un poquito:

María.




Este no es el típico...digamos escrito que subiría a mi blog. Pero cierta red social va como quiere...así que aquí queda para que lo pueda leer cierta personita ^^

jueves, 11 de noviembre de 2010

El epílogo de una historia (otro pensamiento de papel reciclado, camino de la papelera)

Qué decirte…ahora que tras tanto tiempo te veo, a lo lejos, y me siento vacía por dentro.
Me quedo sin palabras, y vuelvo a cargar mi ira contra la persona a la que amas.
En la imagen te siento sonriente…no miro tus labios, imagino tu risa. Leo tus pequeñas palabras en la pantalla recordando cómo te dirigías a mí, y me doy cuenta de que no olvido.
Te olvido, pero no olvido. Porque tú no eres nada, pero me importa lo que sentía. No por ti, sino lo que sentía en esos momentos, cómo me hacías sentir.
La sonrisa inesperada, cosquillas en la mirada cuando te veía aparecer, los nervios asesinos que me recorrían la espalda cuando iba a verte. Escrito así, parece que estuviera enamorada. Nada más lejos de la realidad. Pero eras especial para mí, mucho más de lo que te imaginas.
Un sentimiento que se desperdigaba en pequeños momentos y recuerdos. Una canción, una camiseta que finalmente no te pusiste… El hecho de imaginarme tus ojos durante tres años, haberte recreado como al personaje de un cuento…
Curioso, paradójico que te recuerde mejor ahora que cuando creía hacerlo.
Fuiste la mejor historia que la adolescencia podía regalarme, la amistad más abrupta que he tenido.
Aprendí mucho, a base de errores. Ahora me cuesta desaprender y confiar… pero no te culpo. Yo erré una y otra vez, y tú tan sólo eras ese personaje ingenioso y correcto que de vez en cuando decía mostrar afecto por mí.
La carcasa no te representaba, como tampoco lo de dentro.
Poco me importa. Sólo me sigue importando lo que me hacías sentir. No he vuelto a encontrar esa sonrisa tan radical, un pestañeo en que la alegría se asoma de repente. No tengo ojos que perfilar en mi cabeza, todos los conozco bien. Me da miedo pensar en otras pupilas. Podría volver a dolerme y no quiero. Las cosquillas y los nervios se gastaron a partes iguales, no hay idealización. Esto último lo prefiero. No hay cuento que esté tan bien escrito como el que creamos; porque yo no soy la misma y cualquier otra amistad no sería la tuya. Lo escribimos, no faltaste a tu promesa, pues no hay tinta que describa una sensación.
No fue un sentimiento, fue una sensación. Una sensación de tres años.
Qué decirte…si al verte no he recuperado nada. Ni siquiera el cosquilleo, ni la sonrisa. Ni las lágrimas que venían después, ni el rencor. No recupero nada, sólo el vacío.
Ni siquiera quiero dañarte, aunque podría. Ya pusimos el punto y final, yo ahora tan sólo recopilo. El epílogo de una historia.

domingo, 31 de octubre de 2010

Carta *_*

Hola cariño:
Te has olvidado una sonrisa en mi casa, deberías venir a recogerla.
Ahora me está mirando suplicante, esperando tu llegada. Quiere colocarse en tu rostro, que la abraces y le hagas sentir útil. La he guardado en una cajita sobre mi mesilla, para que no se pierda, para que no se manche de problemas.
Ayer, cuando te fuiste, la encontré temblando en un rincón ¡Sentí tanta lástima por ella! Así que la subí hasta mi boca, y le hice un hueco entre mis labios. Espero que no creas que quería robártela, sólo quería que viera tu foto desde una buena perspectiva.
Tu sonrisa, ahora conmigo, coincide en que la foto es preciosa (claro, como aparece en ella le gusta alagarse). No le he contradicho. Te sienta de maravilla su presencia.
Siento decirte que, aunque nos hacemos compañia, es necesario que regreses. ¡Sin tí no sabe vivir! No puedo mantenerla en mi rostro si tú no estás. Eres tú quien la produce, esta sonrisa (¿mi sonrisa?) es toda tuya.
La verdad, a ratos la saco de su caja y la paseo un ratito, pero enseguida me canso (pesa mucho si tú no me ayudas a sostenerla)
Cielo, siento escribirte así, tan de repente y pidiéndote que vuelvas, pero esque ella te echa en falta y a decir verdad...cada vez se siente más débil si tú no estás.
Ojalá te vea pronto para que puedas sanarla (sanarme) de la enfermedad de tu ausencia.
Tu sonrisita que te añora.

María

viernes, 29 de octubre de 2010

Bajo el paraguas




Camino por la ciudad…no tengo personalidad, ni vida, ni libertad. Solo vago bajo un paraguas que me sume en la oscuridad, observando.
A mi derecha y a mi izquierda: lluvia que cae. Pero mira más allá. Caras de bulldog, rostros apáticos, figuras exangües.
Me apoyo sobre una farola, y veo a la gente pasar. Parecen rebaños de ovejas, todos iguales, como las gotitas de lluvia de Magritte.
Mi joven más bien escuálido (la única silueta que logro diferenciar), se aleja. Camina hacia una especie de bailarina, que ondea su falda bajo un paraguas con puntilla. Igual que ayer. Se ven, se resguardan bajo un porche, y se besan.
Me imagino el cuadro del artista del surrealismo lleno de figuras “besadoras”. Ni siquiera estarán pensando en lo que su amor implica. No son “besantes”. Lo hacen de forma tan mecánica como la lluvia cae.
A lo largo de la tarde, los observo. Pasos apresurados, un par de discusiones, besos (“unos” besos, no “los” besos), prisas, vistazos al reloj, la promesa (por compromiso) de una llamada telefónica.
Ni un gesto de verdadero cariño. No veo sonrisas, palabras sinceras, no veo lo que llaman “humanidad”.El hecho es que por mucho que me apene, nada puedo hacer. Miro y me marcho bajo mi paraguas, como tantas veces.
De seguro nunca serán conscientes de lo que vale la compañía del otro. Reñirán, tan caprichosos como las dos últimas veces que les seguí. Gritarán, se cruzarán de brazos, se irán por caminos separados.
Entonces, cuando deje de llover y él esté calado hasta los huesos y el alma; cuando ella tenga roto el corazón… cuando se den cuenta que habían nacido para estar juntos, será demasiado tarde.
Porque ya sólo se reconocerán en las tardes de lluvia, con el pelo lacio y estropeado por el viento, las malas caras, el rostro mojado, los corazones helados (les cuesta derretirse). Habrán olvidado cómo era amar sin dolor. Cómo son los días soleados.
Me alejo, porque ya conozco el final. Esta es la historia que (casi) siempre se repite, la que, hace algunos meses, me dejó vagando bajo una tarde como ésta. Una tarde en que dejé de ser la bailarina de un cuento para convertirme en un oráculo agorero.
Desalmada, calada hasta los huesos por su indiferencia, recordando como su rostro llevaba la máscara de la tragedia… tragedia que terminó en convertirse en su propia piel.

miércoles, 20 de octubre de 2010




Todavía siento tus labios sobre los míos, un cosquilleo que se va perdiendo conforme te alejas. Me muero de ganas por salir de mi habitación, ahora tan vacía, correr calle abajo y evitar que te vayas. Abrazarte con fuerza y pedirte que te quedes conmigo. Retenerte entre mis brazos sintiendo el frío contra mi piel y tu rostro sobre el mío. Besarnos.
Tomar tu rostro con mis manos, acariciarlo, decirte que te quiero. Mirarte a los ojos, que estarían brillando de la emoción como los míos. Un cruce de sonrisas.
Me acompañas de nuevo a casa, esta vez para quedarte.
Acurrúcate conmigo bajo las mantas, esta noche no nos separan. Enredados en los sueños de una noche de otoño… todo cae menos nosotros.

Sentir tu aroma...aun cuando ya no esté impregnado en mi ropa. Mi piel todavía quiere oler a tí.

sábado, 16 de octubre de 2010

Soledad




No es necesario que nieve para experimentar lo que yo. Hace frío, también en mi corazón. Porque no estás a mi lado. Le robamos al tiempo unas horas, casi siempre con cuentagotas, y siempre insuficientes.
Hace apenas un día me abrazabas, me recordabas que estabas ahí y que me amabas, que nada podía con nosotros. Ahora, frágil y helada, añoro esos momentos y la carcoma destroza mi cerebro mientras pienso en porqué te sientes tan sólo. No soy capaz de cubrir tu soledad, de hacerte feliz y llenarte. Siempre te digo que estoy contigo, lo mucho que te amo cerca o lejos, pero parece no bastar. No soy suficiente.
Me da tanto miedo. Me lo repito constantemente: no soy suficiente, no le basto.
La soledad te arrasa aunque yo esté contigo, no puedo espantarla. Soy incapaz (incapaz, no puedo…son expresiones en las que pienso todo el rato) de enfrentar a tu soledad si mientras voy huyendo de la mía.
Es más fuerte, más omnipresente y más poderosa que yo. Nada puedo hacer. Me siento tan…impotente, tan…insuficiente, tan…sola…

Jardín de palabras




Me siento frente a mi escritorio, con temor, como siempre.
O bien las palabras están ahí, sin nada que expresar, deseando surgir a borbotones; o no encuentro la forma escurridiza y perfecta de explicarme.
Hoy creo que ambas me faltan. Es mejor no pensar en ello ahora. Mejor dejar que las palabras se vayan acercando, se toquen, enreden, fusionen… que vayan creciendo como un caótico rosal salvaje.
Un folio en blanco siempre será peor que aquel que llene de “margaritas” mediocres. Es como un prado infestado de “palabras” marchitas. Siempre será mejor que una colina seca y sin flores. Al menos las palabras siempre dirán algo.
Otra vez esa sombría sensación de que, por mucho que trazo sobre el papel, por mucho que plante, nada florece.
Hay días en que uno no se despierta jardinero, y entonces lo que debe hacer, como el escritor, es contemplar el trabajo de otros, para aprender.
Lo cierto es que nunca me consideré un escritor, quizá escritora. No, tampoco eso. Sería una escritora más bien mediocre.
Prefiero decir que soy alguien que escribe (como el aficionado “que planta flores” e intenta crear una obra de arte a sabiendas de que será un matojo con raíces que asomarán a su libre albedrío.).
Releyendo creo haber logrado esa fracturación de las palabras que buscaba, quería que se deshicieran bajo mis manos. Ahora pienso que están putrefactas.
Si os fijáis podréis ver cachitos de palabra esparcidos por el prado de florecillas. Debería barrer. Recopilar todo lo dicho y explicarme. Porque para ser maestra (proyecto de ella, debo decir) debería decir las cosas claras.
Soy tan retorcida como estas palabras. Al menos ahora aparecen, con cuentagotas.
Son como ese juego en que aparecen topos de diferentes hoyos y les debes atizar en el momento justo. Igual. O atrapo a las palabras o se me escapan.
Por suerte van lento, parece que como las he enredado se han hecho un lío y han tropezado.
¿Resultado? Han caído por la colina y están hechas un lastre. Las cojo como puedo y las planto aquí.
A ver si germinan.

jueves, 14 de octubre de 2010

Leer con esta canción:
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Ye6YHQ8AZzU


Entre el humo, luces de neón y sobre un suelo cubierto por una sustancia pegajosa no reconocible, la cerveza y demás sustancias alcohólicas volaban de mano en mano.
La música sonaba a todo volumen, y las risas se contagiaban a través de la mirada. Risas y lágrimas de felicidad. Simplemente porque, después de seis años, se habían reunido.
Estaban casi todos: Jose, Carla, Ramón y Víctor. No podían contar con Gloria, ni con Martín. Éste último vivía en el extranjero y Gloria no había querido saber nada de sus antiguos compañeros. Todos se acordaron de brindar por David, para no acabar como él: atado a la corbata, a un empleo inmensamente aburrido y aprisionado por un traje que trataba de mostrar que no era tan decadente por fuera como por dentro.
Más risas, recuerdos. La lista de canciones se sucedía, algunas seguían siendo las mismas.
Carla se levantó, anduvo como le fue posible hasta la barra, sorteando a pequeños grupos de adolescentes pintarrajeados, y pidió una canción en especial.
Regresó tropezando con la misma niñata que horas antes le había dicho que no podía ser metalera si no vestía de negro como ella, y tras dirigirle una mirada asesina, se sentó con el resto.
- Preparad vuestras cervezas chicos, ¡que va a sonar la canción de Martín!
La épica, caballeresca y mítica canción de Martín. Aquella que años antes cantaban todos a coro, aquella que chillaban por encima de la propia música prometiendo vivir mil aventuras y luchar siempre por su honor.
Jarras y botellas se alzaron por encima de sus cabezas, y mientras las agitaban arriesgadamente, comenzaron a berrear de nuevo, con todas sus fuerzas, el principio de la letra. Risas y más risas. Alcohol derramado por las baldosas del bar, y a veces sobre ellos mismos.
Era la excusa, y todos lo sabían. Beber era el pretexto para volverse a encontrar, para cantar sin miedo a la vergüenza, para recordar sin amargura.
A medida que avanzó la canción, las jarras quedaron en la mesa, y sólo prevaleció la amistad. Agarrados de los hombros, terminaron la canción, charlaron durante horas, y olvidaron lo demás.
Las luces de neón siguieron brillando tan sólo unos minutos más después de que salieran del local. Habían aguantado hasta el final.

martes, 12 de octubre de 2010



Amor...no puedo darte el universo, la luna, ni siquiera una estrella. Tan sólo puedo pedirte que los observes y contemples lo lejos que quedan de nosotros. Tan pequeños, relucientes, y fuera de nuestro alcance. Son libres mientras tu y yo quedamos presos en nuestro gran planeta.
Amor...no puedo darte la libertad. No se resolver los minúsculos problemas ni superar fácilmente los enormes baches. A veces parece que voy a rastras y tiro de tí para salvarme. No puedo ser tu heroína porque te necesito para seguir.
Amor... ¿Cómo voy a tranquilizarte, si me paso el día preocupada por ti? Tiembla mi pulso si no estás a mi lado para cogerme la mano.
No puedo darte el universo, la libertad, tranquilidad... pero puedo darte otras cosas.
La tontería de sonreir y lograr que sonrías cada vez que vemos un niño pequeño.
La idiotez de que nos ilusionemos cuando vemos volar pompas de jabón.
El fresquito del aceite antes de darte un masaje.
La gilipoyez de poner caras feas para hacerte reir (a veces pienso que te daré miedo y saldrás corriendo).
La bobada de quedarme mirando los globitos de helio como si fueran lo más bonito del mundo, y conseguir, con muuuuchos argumentos, que pienses que son la bomba.
La voluntad de intentar que cada tarde sea especial para nosotros ^^

Poquito a poco te daré más felicidad, cachitos, porciones de ella. Un mordisquito de hamburguesa de macdonalds.

Te amo =) gracias por cada momento junto a mi!

jueves, 7 de octubre de 2010

Ladies and gentlemen, hasta que este horror vacui de erróneos pensamientos desaparezcan por mi mente, este blog queda apagado o fuera de cobertura.
Disculpen las molestias.

VALETE!!

Ars Vivendi


Yo no se cómo actuar. Si digo verdades, crees que oculto algo. Quizás pienses que miento. Si te mintiera obtendría el mismo resultado, pero no lo haré.
Intento arreglar las cosas, animarme, animarte y animarnos, pero fracaso completamente. Me siento inútil. Inútil y mentirosa aun sin haberte mentido, porque siento que no confías en mí. Que piensas que sólo pongo excusas, que me escabullo de los problemas para no enfrentarlos.
¿Crees que las alternativas que doy son para alejarnos? Si punto estas opciones es para intentar no hacerlo, para estar junto a ti. Pero no pareces ver más allá de mis fracasos…
No se como actuar, lo digo una y mil veces. Se olvidaron de darme un volumen del Ars Vivendi, o en su defecto del Ars Amandi. Nada bien, todo mal; palabras extremas que me hacen sentir como ahora, un completo non sense.
Sentarme frente a una pantalla inerte esperando verte, y sabiendo (temiendo) que todo estará como la última vez. Que por mucho que ponga de mi parte las cosas no cambian como me gustaría.
Harta de poner la etiqueta de malentendido, porque vienen todos de vez. Maremagnum de diferencias, un horror vacui de temores.
Solo espero que no haya una sonrisa de por medio, un “esta todo bien”, y acabemos cada uno con nuestra propia psicosis interior. Porque nunca me gustó la esquizofrenia emocional, nada de nada.
Que alguien me devuelva mi Ars Vivendi, que me hace falta para reconstruir los pedacitos de alegría que se rompen.

miércoles, 6 de octubre de 2010




Nunca supe que hacer, cómo actuar. Siempre fui como una sombra, intentando ser un dibujo, un fantasma de mí misma. Sigo malentendiendo y perdiendo credibilidad, maldito temperamento. A veces pienso que la imagen siempre será mejor que yo. Por suerte dentro de la palabra alterego siempre apareceré yo.

martes, 5 de octubre de 2010

Pensé, por un solo momento, que podía perderte. Mi corazón se encogió, y con la garganta oprimida, traté de respirar para tranquilizarme. No podía. Las lágrimas me ahogaban, los pensamientos y las consecuencias se agolpaban en mi cabeza haciendo presión.
¿Perderte? Dejarte ir, marcharnos cada uno por su lado…significaría pánico, dolor, melancolía, soledad, ausencia, desesperanza, desaliento, amargura.
La materia gris de mi cerebro se negaba a admitir que había una pequeña posibilidad de que ocurriese. Lo negaba y al mismo tiempo lo recreaba aterrorizada. No logré hacerme a la idea. Sigo sin hacerlo porque soy incapaz de renunciar a ti sin haber antes luchado.
De todo lo que te he dicho, quédate con la última palabra: luchar. Es lo que quiero hacer por ti. No dejar que nada ni nadie se interponga, quiero que la oportunidad que tenemos valga la pena.
Quiero que seamos siempre tan felices como cuando nos arrebujamos bajo un edredón, pero donde sea. Como sea. Que no nos importe mojarnos hasta el corazón bajo una tormenta. Todo el mundo huiría del lugar, pero nosotros no. Sentir tus labios húmedos sobre los míos, y que nada más importe.
Te dije ayer que te escribiría algo bonito. Esto no es lo más dulce, ni lo más romántico, ni lo más adorable de lo que te he escrito. Pero entre estas palabras hay la promesa de que no voy a abandonar, de que no voy a decaer.
La promesa de muchos más besos bajo la lluvia.


Te amo

martes, 28 de septiembre de 2010

poema

La noche viene como se va,
Y yo me siento tan niña…
Como aquella pequeña que soñaba
Lo imposible de alcanzar
Como simplemente un juego.

Ahora en el fondo de un vaso
En una espera, en un suspiro
Encuentro del alivio un resquicio
Que no me basta, no me sobra.

Tan minúscula como ayer,
Me veo reducida a un instante
A un recuerdo, a un minuto
En que el tiempo se paraba,
Mas transcurre, quedamente.

Tenme en brazos, que me quiebro
Mientras intento repararte a ti
Y me reduzco, paso a paso,
Temiendo desvanecerme de pronto.

Temiendo parecerte tan poco…
Que acabe siendo tu nada.
Llorando recuerdos que en corro
Recuerdan que todo pasa.

Mientras me abrazo a una foto
Que me recuerda que me amas.




*Aprovechando que mi chico ha escrito poemas me he animado a hacer lo mismo, que hacía mucho que no escribía. No me he fijado en rimas porque me coartaría y hace mucho que no escribo en verso, no quería que sonara artificial. Así que ahí está.


domingo, 26 de septiembre de 2010

Querida Clara:

Respecto a tu carta anterior, no puedo decirte quien es él, porque entonces quizás lo descubras. Quizá descubras que es la persona más maravillosa que se puede cruzar por tu vida, y entonces querrás tenerlo a tu lado y nada volverá a ser igual entre nosotras.
Si lo conocieras, no te gustaría. Te encantaría, enamoraría, encandilaría y te arrebataría el corazón para hacerlo únicamente suyo, como me lo robó a mí. Aunque ahora que hago un repaso de los hechos creo que fui yo quien se lo entregó, todavía cálido y palpitante.
Cuando estoy con él… el resto no importa. No importa que nos encontremos en un autobús dando bandazos de un lado a otro y rebotando contra el asfalto; da igual la gente de alrededor que siempre está con prisas y malas caras. Cuanto me importa es que él me está abrazando, después me besa, y entonces soy la persona más afortunada y más feliz de todas. En esos momentos me siento brillar de dicha, simplemente por estar a su lado y recibir su cariño. ¿Qué importa si nos olvidamos bajar en la parada que debíamos, o si fuera del autobús hace frío y viento o si la calle está oscura y desierta?
Esta despreocupación no la había encontrado con nadie. No se como explicártelo, a su lado se que todo irá bien, incluso si todo sale del revés. Solo necesito que en un momento dado me mire a los ojos, o que fugazmente me roce la mano, para que mi sonrisa surja por inercia.
De esta vida no espero nada más. Porque con él ya me lo ha dado todo. Me ha regalado, aun no entiendo cómo, todo el cariño, comprensión, amistad y amor en una sola persona y todo de golpe.
Él es mi felicidad y ahora sólo me importa la suya, que esté bien y nada le perturbe.
Sólo le pido que nunca se vaya de mi lado, que no se aleje de mí porque cada vez que lo hace, aunque sólo sea por unos minutos, mi corazón se agrieta y tiene riesgo de quebrarse. Me duele cada latido y a veces siento que se parará si la espera para verle se prolonga más. Pero siempre resisto porque vale la pena.
Dudo que puedas comprenderme, Clara. Por mucho que seas mi mejor amiga, aunque siempre me escuches. ¿Cómo vas a entender un amor que no sientes? Es demasiado complicado de describir, y se que todo intento será inútil. Aun así, ¡no puedo dejar de pensar en él y de contártelo!
Cuando me besa, siento que me derrito irremediablemente. Al abrazarme su calidez me traspasa y no quiero que el momento acabe nunca. Me siento tan protegida, querida, y a la vez se que jamás podría querer tanto a alguien, que si se pudiera me moriría de amor.
Vale, suena cursi, demasiado romántico, melodramático e incluso te daré vergüenza ajena. ¿Pues sabes qué? No pienso remediarlo. Es la persona con la que quiero estar para siempre y por la que daré todo, y no voy a esconder lo que siento. Si pudiera gritaría a los cuatro vientos cuanto lo amo, porque se que nadie querrá jamás a otra persona como yo le amo a él.
Le amo, le amo una y mil veces. Tantas que no se donde acaba un “te amo” y empieza el siguiente. Es maravilloso Clara. Es algo que va más allá de la perfección, del infinito, del espacio y el tiempo. Suspiro cientos de veces al no encontrar las palabras para definirlo.
Te seguiré escribiendo, querida amiga. Contándote el cielo en el que vivo cuando lo tengo a mi vera, y el infierno que es estar sin él. Ahora dame un descanso, que tanto pensar en él me deja sin respiración. A veces se me olvida incluso despertar cuando estoy soñando con él. Todo me parece poco, Clara. Sólo él. Sólo está él.

p.d. Te adjunto una foto nuestra junto a la carta. Sí, estamos de espaldas. ¿Acaso pretendías ver la estúpida sonrisa que se forma en mi rostro cuando me mira?



jueves, 23 de septiembre de 2010

Se me olvida que me amas




-Dime “te quiero”. Hace mucho que ya no me lo dices. No me abrazas como antes ni me besas con pasión, de hecho apenas me tocas. Casi he olvidado como eran tus caricias sobre mi piel, aunque tu calidez permanece. ¿Porqué hace falta que te pida un poco de amor? –Rafa no contestaba, solo la miraba fijamente- No me gusta mendigar cariño, no a ti. Deberías dármelo, simplemente. ¿No iba a ser para siempre? Me juraste que siempre sería igual, que nada cambiaría entre nosotros, y mira ahora.- el silencio se apoderaba cada vez más del aire que los separaba- Vamos, dime algo, dime lo que sea, pero no te quedes callado…

Ambos corazones latían al unísono, tan frágiles, a punto de romperse. Ella lo había dicho, todo lo que tenía que decirse. Que hacía tantísimo que ya no sentía su amor sobre su piel… Rafael miró a Marion y tan sólo alcanzó a decir:

-Mi amor…sabes que te quiero, que te amo con locura, pero no puedo demostrártelo constantemente. Marion…

De nuevo la falta de palabras actuaba como barrera entre ellos. La joven apenas alcanzó a preguntar qué sucedía.

-Mi vida, no me canso de besarte y abrazarte, de mirarte a los ojos y decirte que te amo, de jurar que siempre daré cuanto sea por permanecer contigo, pero Marion… ¡lo he hecho hace menos de un minuto!

La sonrisa de la chica se iluminó rápida y fugazmente. Después adoptó una expresión de reproche y le susurró al oído:

-Ya tardas en repetirlo, Rafa. Se me ha olvidado si me quieres o no.

Una carcajada cruzó el aire, estalló un beso, y las sábanas volaron. Tan sólo quedaron el cielo de su edredón, sus cuerpos enredados y una gran retahíla de “te quiero”, “te necesito” y “no dejes de abrazarme, que se me olvida que me amas”.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Primera cita




-Las reglas son muy sencillas. Tú entras al bar y yo ya estaré con mi bebida, sin pagar todavía, claro. Cuando me veas y desees que sea yo (porque imagino que lo desearás) la chica del chat, te acercarás y me preguntarás cortésmente si soy ella y si te puedes sentar conmigo.
Javi rió por lo bajo, imaginándose la situación.
-Espero que no me rechaces tan pronto, nena, me heriría el orgullo.- dijo parodiando la entonación.
Elena le acarició la mejilla y tras darle un dulce beso le susurró:
-Puedes apostar que me plantearé hacerlo, más vale que entres al bar con buena presencia y una de tus preciosas sonrisas, “nene”.
-Bueno- prosiguió.- después hacemos la presentación formal, vas a la barra a pedir la típica coca-cola (nada de redbull, que te conozco) y te fijas en que te estoy observando de reojo desde nuestro lugar de encuentro, pero haces como que no te das cuenta.
Javier se rascó la cabeza y tomó a su joven novia de la cintura. Caminaban por la calle a un paso tranquilo, pero sin parar. Tuvo que tirar de Elena, quien, distraída como estaba, iba a pasar por una carretera bien transitada por el tráfico.
-Pero si ambos sabemos que nos conocemos y que me estas mirando, ¿de que sirve hacer como que no?- preguntó reacio al experimento.
-Va, hazlo por mí, será divertido- le pidió guiñándole un ojo. Sabía que no podría negarse a eso, no después de haberle sonreído como lo había hecho. – Bueno, entonces tú vuelves y me empiezas a dar conversación, mientras empezamos con miraditas. No vale hablar de nada que ya sepamos el uno del otro, aunque tampoco vamos a mentir en nuestro nombre, edad o cosas de esas. Simplemente intentaremos hablar de temas de los que no solemos hablar.
Javier empezó a imaginar la escena y asintió con la cabeza.
-Entiendo. Nos vamos conociendo de otra forma, gustándonos, de repente una de mis manos roza la tuya sin querer y…
-No- dijo Elena- no me cuentes como sigue. Eso se irá viendo en nuestra cita. Igual no me gustas lo suficiente para dar el siguiente paso Javi, que el físico no lo es todo. Aunque estés muy bueno igual no caigo en tus redes.- se reía mientras lo decía muy rápido y Javier supo que ambos eran conscientes de cómo acabaría la tarde.
-Vale, vale. Entonces, yo te cortejo, tu quizás te dejas cortejar, y puede que con mucha suerte consiga robarte un beso, o dos…eso no me compensa demasiado ¿Sabes?
Estaban llegando al bar de la cita. Dentro de poco serían dos completos desconocidos. Elena se paró en seco.
-Oh, cielo, sabes que no daría otro paso más en la primera cita. Además, soy una mujer comprometida- terminó mientras le mostraba la esclava que él le había regalado seis meses atrás.
-Si tu novio supiera que vas de bar en bar conociendo a chicos guapos, estoy seguro de que se moriría de celos.- Dijo Javier abriéndole la puerta y comenzando a adoptar su nuevo papel.
-Te veo cuando haya pedido mi bebida y llegues curiosamente tarde a la cita.
-¿Me regañarás?- inquirió divertido.
-Por supuesto Javier. A mí no me hace esperar nadie.
-Eso esperaba.- murmuró para sí mismo mientras cogía aire para su primera “primera cita” en mucho, mucho tiempo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mugre

Vomitas esperanza, está huyendo por todos tus poros y ahora brota como una fuente de tus orificios nasales y de tu garganta. No puedes gritar, estás ahogado en los tropezones de ilusión que salen disparados de tu estómago. Miras a todos lados con los ojos desorbitados, te arden y desearías arrancártelos para dejar de sentir esa quemazón. La esperanza huele mal, fatal, cuando al acabar en el suelo se pudre y evapora a tu alrededor. Te da asco y vomitas de nuevo. Más y más vida a tu alrededor, y menos dentro de ti. Las manos te tiemblan, y sabes que no vas a poder levantarte. No después de haber caído como lo has hecho. Súbitamente. Irremediablemente.
Estas sangrando frustración y querrías guardarla en tarros de cristal para verla a lo lejos y racionarla. Pero ahora viene toda de vez, como los mareos. Cómo cuesta mantener la vista fija en algo. Ves y dejas de ver muy seguido.
Entonces, en uno de esos instantes en los que captas algo, contemplas tu salvación.
Un ser que llora, muy cerca de ti. Tú podrías calmarle y el ayudarte. Llora rabia e impotencia, mientras golpea el suelo sacando de éste melodías cacofónicas.
Te concentras y puedes oír lo que trata de transmitir: ira, dolor, decadencia.
No es tan diferente a ti, solo que a él todavía le queda algo de esperanza en sus venas.
Quizás, sólo quizás, acceda a donarte un poco, para poder caminar juntos. Para no terminar de derramar todos los fluidos y sentimientos sobre el cemento en el que has caído.
Le llamas, él se gira. Os miráis a los ojos y os compadecéis mutuamente. Te inspira una extraña simpatía. Casi cariño. Tal vez amor. No lo sabes, tampoco te importa en estos momentos.
Te arrastras con la poca fuerza que te queda hacia él, dejando un reguero de desconfianza que ha ido emanando desde tus ojos a tu paso. Él se inclina un poco hacia ti.
Quieres, no sabes porqué, tomarle la mano. Aunque perezcas en sus brazos. A pesar de que te queda muy poco para desinflarte como un globo de carne pútrida y deshidratada no tienes prisa. Sabes que tu salvación está en él. Estiras todo tu cuerpo hacia él, y cuando tan sólo quedan unos centímetros para sentir su calidez, pum. Una especie de barrera, sólida y translúcida, os separa.
Tal vez porque tu visión estaba borrosa ya antes no te habías percatado de lo poco nítida que era la figura del otro ser, ni de la barrera.
Tantas esa áspera superficie y dejas huellas enfermizas sobre la misma. Estornudas, dos veces, te limpias con tu brazo desnudo y llamas al Otro.
Notas cómo se gira, casi lo sientes a tu lado, y le preguntas su nombre cuando su rostro queda frente al tuyo.
Lo dice alto, claramente, pero en ese momento pierdes la consciencia por un instante, y te da demasiada vergüenza preguntarle de nuevo. Prefieres tratarlo de “tú”.
Te da vergüenza tu pérdida de conciencia y en cambio no temes el hecho de que estás envuelto en vómitos, desnudo, con los ojos rojos de tanto llorar, moqueando y lleno de heridas que probablemente acabarán infectadas.
Él trata de tomarte la mano. El extraño cristal que os separa no os permite reuniros.
“No me habría rechazado”- piensas para ti mismo, y sonríes con los dientes manchados de ignorancia.
Intentas abrirte paso por el cristal una, dos, tres veces. Cuanto más tardas en recibir su ayuda más te pudres, más lloras. Comienzas a gritar.
El Otro hace lo que puede, pero si no abres una brecha en el cristal, tú que aún tienes algo de decisión alimentando tu cerebro, el otro no comenzará a golpear la barrera.
Al lado contrario Tú se marchita. La pena, la desilusión y el tedio acaparan su corazón. Sabe que no se puede hacer nada, que tú eres quien debe romper la barrera, lo sabe porque él jamás sería capaz de hacerlo.
Él ya no llora, se resigna. Su compañero (no quiere saber tu nombre) está apoyado contra la barrera, derrotado. Piensa que te has resignado.
Ve tu miedo, tu soledad, tus heridas y golpes. Le apena no tener un pañuelo a mano para ofrecértelo. No poder ayudarte a limpiar tus deshechos y tu inmundicia. La mugre debe ser insoportable en tu lado del cristal.
Se da la vuelta, sabe que la batalla está perdida. Te has desangrado hasta la última gota. No queda felicidad, ni alegría, ni esperanza, ni tan sólo un poquito de fe.
Estás vacío, te has convertido en una carcasa de huesos y venas secas. No hay nada que el pueda hacer. Se marcha.
Tu visión está tan empañada que no te das cuenta.
Sigues hablando solo. Caes.
Tu mugre seguirá en el mundo un rato más.


miércoles, 1 de septiembre de 2010



Esa niña de vestido rosa llora porque no estás con ella. Se ha tumbado en su cama vacía derramando lágrimas sin poder alejar su sufrimiento, y se ha quedado dormida. Sin ti a su lado, todo serán pesadillas. Al despertar ha recordado todo de golpe, y sus ojos han vuelto a humedecerse. Por suerte, las risas de la habitación de al lado le han hecho sentirse un poco mejor. Un poco.
Se ha levantado, ha ocupado su tiempo para no recordarte…imposible. Todo lo que hacía tenía que ver contigo. Incluso leer, o pestañear, o hacer problemas de matemáticas. Te escondes tras cada letra o número, bajo cada imagen y pensamiento, en toda acción que realiza.
Eres su mundo y su razón para continuar, y ahora no la estás mirando a los ojos, y por eso se pierde. Está oscuro y frío sin ti. Faltan la luz y la calidez que irradia tu persona cada vez que vas a su encuentro. Eres su mundo y en cambio debe caminar por él sin ti.
El vestido rosa se ha manchado de lágrimas y de tinta, y ahora debe lavarlo a mano y dejarlo secar y ponerse en su lugar un chándal viejo. Abraza aquel peluche que le regalaste mientras intenta imaginar que todavía lleva puesto el vestido.
Se aferra a él porque era la ropa que vestía la última vez que te besó.
Es verano, pero siente frío y se le erizan los vellos de la piel, como aquella vez que estabais en la piscina y el agua estaba tan fresca. Lo recuerda y trata de reprimir un sollozo mientras deja el muñeco que estaba sujetando y corre por el pasillo.
Ya está sola en casa, gracias a Dios. Puede recordarte mientras te habla, mientras grita a la nada que te está llamando y no respondes. Como nadie la mira, toma el vestido arrugado y empapado y se lo coloca tras deshacerse del chándal.
Camina con los pies descalzos por el pasillo, mientras recuerda el día en que te contó que los pasillos siempre la habían asustado. Hoy no es diferente. Lo peor es que ahora no estás cogiéndole de la mano y susurrándole que no hay problema y que estás a su lado. Porque no lo estás.
Entonces se sienta en mitad de la nada (del pasillo, realmente, aunque ella ha perdido la noción del tiempo y del espacio) y decide esperar. A que alguien o algo se la lleve, un monstruo o una pulmonía o quizás tú.
Sigue esperando.



Voy a escribir en este espejo cómo me siento. Soy horas no dormidas, comida que soy incapaz de digerir. Café, mucho café. Minutos muy lentos que se deshacen en mi rostro conforme se va tornando apagado y triste. Vacío, indiferencia porque todo lo que importa está lejos, o es difícil. Derrota y desesperación en un instante, y al siguiente, un agujero donde antes debían estar. Un boquete relleno de soledad y sentimientos de fracaso de ineptitud.
Soy… soy esos puntos suspensivos tras los que se encuentra un suspiro, un lamento, y las ganas de golpear con el puño cuanto me rodea. Soy la rabia que me llena al pensar que herirme no arregla nada. Ojala lo hiciera. Porque me daño de todos modos rajando mis pensamientos uno a uno y uniéndolos de nuevo.
Soy esas ojeras y esos labios secos que se jactan contemplándose al ser parte de mi reflejo. Tengo la gran determinación de que el sol saldrá hoy, y la suerte lo llena de nubes; soy el girasol que no encuentra su camino. Soy esa decadencia autoprovocada, la autocompasión sin consuelo de nadie.
Soy estas palabras inútiles, no soy absolutamente nada, soy una mota más de polvo bajo un sillón viejo. Soy una voluta de humo que se desvanece, un sonido sordo que repiquetea en tus oídos. Soy una voluntad perdida, una resignación, una frente arrugada y un entrecejo fruncido.
Soy un grito que no se pronuncia porque no importa que lo haga o no. Soy sorda, ciega y muda, por voluntad propia. Soy un espejo que no refleja, un río que no fluye, un exquisito primer plato vomitado.
No importa realmente qué soy, ni si mis manos desearían alejarse de mí misma y mi cuello se estremece por mi devenir.
Está escrito, me basta.

martes, 24 de agosto de 2010




Siendo precedida por varios días grises, teñidos de una extraña melancolía por la muerte de dos familiares lejanos a los que ni siquiera conocí y enterrada yo misma bajo libros, responsabilidad y papeles garabateados, todo me irrita. El desinterés me invade, la rabia surge por sí sola y odio todas las horas pasadas en mi propio cautiverio.
Siento rechazo hacia todo, quiero escapar, huir de cuanto me rodea. Las sonrisas me parecen vacuas, burlas, no hay consuelo posible. Apenas se que día es, parece que el sol se ensañara conmigo mostrándome su faz. ¡Nada me gusta! ¡Todo me molesta! El hecho de que un amigo esté ahí y el hecho de que ya no. Que venga o se vaya, me es indiferente. No me consuela cosa alguna.
Me deshago en improperios contra quien busca ayudarme y contra quien apenas les importo. Quien desea dañarme queda insatisfecho, pues ya me hiero yo sola.
Estoy cansada, agotada, agobiada, no siento ser yo. Me encuentro irracionalmente débil y confusa. Aislada de todos por mi propia situación e intelecto.
Las circunstancias me sobrepasan.

viernes, 20 de agosto de 2010




Te regalé una cosquilla, un susto, una regañina y una mueca. Por si no era suficiente estornudé, bostecé, me quejé de jaqueca y te recordé lo mucho que me gustan los masajes (tus masajes).
Además me puse triste sin saber la razón, me golpeé contra el mueble de tu pasillo (y contra una puerta, y tropecé sola, pisé a tu perro al bajar de la cama y me di un cabezazo contra la estantería) y dejé que mi estómago rugiera creando la banda sonora de la tarde.
Aun con todo esto, me quieres. Me regalas tus sonrisas, miradas y expresiones divertidas. Te preocupas si me enfermo o si mi ánimo decae, me acaricias aunque estés cansado sólo porque sabes que lo aprecio.
Me mimas, me consientes, me cuidas y me escuchas.
Siempre aciertas al aconsejarme, y con los regalos.
Me abrazas justo cuando más lo necesito, y me besas de un modo en que olvido al mundo y quedamos sólo tu y yo. O sólo tú, porque me pierdo a mi mísma en tus labios.
Cocinas para mí, incluso estando agotado corres tras el bus que me rapta cada noche, te quedas cinco minutos más (acaban siendo veinte) online para seguir hablando conmigo.
Me dices cosas bonitas y te conviertes en mi poeta y cantante preferido (mientras tanto yo te recuerdo las faltas de ortografía y que la consola siempre dice que entono mejor que tú una de tus canciones preferidas).
Siempre estás atento a que no pase demasiado calor ni demasiado frío, a que esté cómoda.
Me prestas pañuelos con tu aroma, me traes agua fresca cuando "me muero de sed".
Además, ¿Cómo olvidar que dejas que acapare tu brazo cuando tengo sueño y la use como almohada aunque tenga un cojín al lado?
E incluso me ves siempre con buenos ojos, me ves despeinada y no sales corriendo, dices que no tenga ojeras aunque las vaya arrastrando por el suelo.
Te enfadas porque no me gusto lo suficiente y me recuerdas que sin ser perfectos somos los mejores.
Logras que me sienta amada, especial, importante para tí.
¿Y me dices que "te aguanto"? ¿Que no comprendes como soporto tu locura? Es sencillo. Tu locura, como sueles decirme, es la de estar enamorado. Qué loco estás por quererme tanto. Cómo me gusta, y sigo sin comprender cuándo surgió esa locura, si en la primera cosquilla o en el primer abrazo.

jueves, 19 de agosto de 2010





Despertó en el interior de una bolita de navidad. De esas en las que, si les das la vuelta, ves nevar sobre Londres, París, Dresden o incluso sobre aquella ciudad que nunca baja de los 23 grados.
Cuando abrió los ojos, lo primero que se preguntó es porqué no creaban esos mundos a pequeña escala con la imagen de su pueblo: un montón de pequeñas casitas agrupadas sobre una colina que se mantenían como sostenidas por el campanario de la iglesia. Era tan hogareño. Por desgracia se hallaba sumergida en el interior de una esfera con Nueva York como temática.
La nieve era gris, la carretera también, los edificios eran del color de la ceniza y el cielo estaba encapotado. Coches, mucha gente, agua estancada en los parques.
La ciudad más artificial que había visto nunca se extendía ante sus ojos.
Carla sacudió la cabeza, pestañeó seguidamente y se dirigió a su marido: “este año mejor vamos al pueblo”.
Dejó la esfera sobre la estantería y se sentó frente a la chimenea mientras su marido le preguntaba la razón. Ella siempre había querido viajar al extranjero, y le extrañaba que no lo celebrara ahora que él había cedido a su deseo.
- Una ciudad que no es bonita en invierno, no lo es nunca.- suspiró con la mirada perdida- además nuestro pequeño Juan aún no conoce la nieve. Estoy ansiosa por fotografiar a su primer muñeco de nieve, recibir el impacto de una bola mientras guerreamos y bajar en trineo por las calles de El Frago. Eso me vale más que todos los Empire State del mundo y el Central Park.
Rubén suspiró mientras terminaba de preparar el puré para su pequeño y sonrió al imaginarse a los tres juntos allí.
-¿Y qué hacemos con todo el dinero que habíamos ahorrado? Nos sobrará bastante.- le recordó en voz alta a su mujer.
-Muy fácil- le dijo acercándose a él y tratando de reprimir un estornudo (bailar bajo la lluvia a veces pasa factura)- le compraremos a Juan bolitas de todos los países a los que querríamos ir con él. Guardaremos el resto de dinero para un viaje posterior, y le daremos a elegir el destino. Cuando vea todas las bolitas seguro que elegirá el mejor lugar.
Rubén rió mientras le revolvía el pelo y antes de ir a despertar a su hijo le respondió:
-Sabes que elegirá volver al pueblo.
Carla se quedó pensativa mirando a la chimenea y simplemente susurró:
-Es que los mejores momentos no se encierran en esferas de cristal.

martes, 17 de agosto de 2010



Nací con un defecto (o virtud) realmente extraño en mi personalidad. No sabía si lo que me rodeaba me gustaba o no. No me afectaba nada. Cada cosa era diferente, en absoluto me resultaban dos dulces o dos flores iguales. Conocía el carácter de mi familia y de mis conocidos, pero ninguno me caía bien ni me inspiraba desconfianza. Era imposible decidir porqué unos debían ser mejores o peores que los otros.
Cuando llegué a la adolescencia, el problema empeoró. ¿Qué chico te gusta? ¿A que “fulanita” cae mal a todo el mundo? ¿Qué quieres que te regalemos por tu cumpleaños?
¿Pero ni siquiera tienes un color preferido?
Aquella última pregunta, formulada uno de los primeros días de curso, me abrió los ojos. Tenía que encontrar una razón para discriminar lo que “me gustaba” de lo que no. Aunque tan sólo fuera para aparentar y evitarse problemas. No es que no me gustasen los problemas, pero mi madre decía que no son buenos, y lo que dice mi madre, como suele apuntar mi hermana “va a misa”.
Así que esa misma tarde lo decidí. Escogería dos colores, al azar, y sólo me gustarían las cosas con ese color. O eso diría, aunque me daba pena porque los demás colores no tenían la culpa de que la gente fuese tan rara.
Azul y violeta. Me gustaría tan sólo eso. Las niñas que visten de violeta y las nubes azules (aunque las nubes son blancas, así que ya no me gustan). Sólo apreciaría eso y odiaría el resto del mundo.

Llaman a la puerta



Llamó a la puerta una, qué digo una, dos y hasta tres veces, con toda la fuerza que podía sin hacerse daño en los nudillos. No había respuesta. Tras resoplar por los nervios tomó su móvil e hizo una llamada.
-Hola ¿Porqué no me abres? Habíamos quedado en tu casa a las 5 ¿sabes? Llevo llamándote un buen rato. Podrías haber respon… ¡ha colgado! ¡Me ha colgado!
Carmen apoyó el oído en la puerta y trató de escuchar a su pareja, que seguramente estaría riéndose de ella. Este tipo de bromitas eran frecuentes y empezaba a cansarse de ellas. Algún día explotaría.
-Nadie mamá, no es nadie…otra vez- le oyó decir en voz alta.
Su voz se notaba más grave de lo normal, con un tono nada jocoso. ¿Quizás se había enfadado? ¿Era culpa de ella? No parecía que tuviera intención de dejarle pasar.
Aporreó la puerta de nuevo, esta vez con más fuerza. Se hizo daño pero no le importó.
Estaba cansada de, en menos de un minuto, hacer decenas de conjeturas acerca de qué ocurría.
Esta vez Adrián sí abrió la puerta. Miró a los lados, como si ella no estuviera, hizo un mohín de desprecio y le cerró en las narices. Estupefacción. Era todo lo que le quedaba. Se había quedado en blanco del susto, de la extrañeza, del dolor. Porque la había ignorado. Porque había puesto el pie entre la puerta y el marco y él había tirado de la puerta de todos modos. Porque aquel pedazo de madera le había atravesado el pie con violencia, y ella no había sentido nada. La había atravesado y no había notado absolutamente nada.
Porque entonces recordó. Ella, en el coche, conduciendo a velocidad moderada. Blanco. Un camión cerniéndose sobre ella. Cierto pensamiento cruzándose por su cerebro a toda velocidad “no, porfavor…”. Blanco. Más blanco, de hospital. Un zumbidito incesante de las máquinas que la mantenían viva. Pausa. Esta vez negro. Mucho sueño y miedo. Dolor de cabeza mientras escuchaba a Adrián, que debía de haber estado sentado a su lado todo el tiempo, decir “no, porfavor…”. Sonrió para sí misma al recordar que siempre solía repetir lo que ella decía, también en esta ocasión. Blanco. Demasiada nada, y de repente, estaba frente a su puerta. Pensando que eran las 5 de la tarde y él faltaba a su cita.

Violeta estaba triste




Violeta lloraba, lo hacía desconsoladamente. No sabía porqué pero no podía retener a las juguetonas lagrimillas que se deslizaban por su mejilla y le hacían cosquillas.
Estaba triste y no era capaz de evitarlo. Estaba en un parque, con todos sus amigos y amigas y estaba lagrimeando constantemente. Al principio había sido un sollozo inaudible, algunos suspiros, cuatro pestañeos muy seguidos y finalmente se había convertido en una fuente. La fuente del parque, extraoficialmente.
Marta la vio, sentada en un banco alejada del resto, y corrió hacia ella con las mejillas encendidas.
-¡Violeta, venga! ¡Que vamos a empezar a jugar a polis y cacos y si no vienes nadie te elegirá en su equipo!
La niña negó con la cabeza y se acurrucó, ocultando su cabeza entre las rodillas. Su amiga se encogió de hombros y volvió con el resto.
Al llegar al grupo, le contó a Pedro que algo ocurría. Como mejor amigo que él era, llegó al banco de Violeta a la velocidad de la luz y le preguntó que le ocurría.
-No lo se- susurró- estoy muy triste, pero no tengo razón. No tengo ganas de jugar, ni de estar con nadie, ni de estar sola.
Pedro le dio una palmadita en la espalda y le gritó mientras se marchaba:
-Bueno, cuando se te pase o sepas que te ocurre, vuelve y jugamos todos juntos ¿vale? Yo te guardo un sitio.
Así pasaron los minutos, Violeta con los ojos rojos e hinchados, con una mueca muy fea en la cara y las manos temblorosas. Le daba vergüenza que la vieran así, incluso le costaba respirar de la quemazón que le hacía sentir por dentro.
Entonces Noé, un compañero de clase con el que apenas se hablaba, llegó hasta ella. Violeta pensó que iba a mofarse de ella, como hacía de las tonterías de sus compañeros en clase, o como solía cuando alguien se tropezaba delante de él.
Ya estaba frunciendo el ceño cuando Noé se acomodó a su lado. Dejó de jugar por sentarse junto a ella. Aquello la sorprendió tanto que fue incapaz de articular saludo alguno.
-¿Qué te ocurre Violeta? ¿Por qué no vienes con el resto?
Así que era por curiosidad. Noé quería saber que le pasaba, y si hacía falta ser simpático para lograrlo, lo sería. Pues no pensaba satisfacerle.
-Nada, que estoy triste. Simplemente eso- le dijo ásperamente y con los ojos todavía anegados en lágrimas.
Noé le sonrió, cómplice, y Violeta no pudo evitar volver a echarse a llorar. A este paso su pañuelo de papel iba a deshacerse entre sus lágrimas y bajo su nariz.
En ese momento, la abrazó. La atrajo hacia sí y la meció suavemente, de un modo tan cálido que a Violeta le extrañó que pudiese ser él quien realmente lo hacía.
-No te preocupes, Violeta. No voy a separarme de tu lado, no voy a irme de aquí hasta que estés bien. Si tengo que quedarme toda la tarde contigo lo haré. No voy a marcharme sin antes ver tu sonrisa.
La pequeña abrió los ojos ,atónita, y le miró estupefacta. Se enjugó las lágrimas y su rostro se relajó un poco. Se sentía protegida, a salvo de todas las risas de sus compañeros por ser un manantial parlante, sentía que alguien se preocupaba por ella y la quería, aunque fuera él.
Noé la recostó sobre su pecho, mientras acariciaba sus cabellos y le decía “estoy aquí”. Violeta seguía triste, muy triste.
O quizá ya no tanto.

lunes, 16 de agosto de 2010

Felicidades ^_^

Esa criatura que veis en los brazos de su madre al poco de nacer, el infante que veis arrastrando por la casa un muñeco de Spiderman mientras se toma un helado (como es de hielo al día siguiente de seguro tendrá anginas), aquel niño que pasa horas divirtiéndose con su consola favorita o que está encorriendo a sus mascotas o correteando por la calle, hoy cumple 17 años.
17 años de risas, lágrimas, esperanzas, frustración y logros. Tiempo que ha empleado en convertirse en una hermosa persona, con un gran corazón y muchos sueños por cumplir.
Para mí hoy es un día maravilloso, porque dos personas se juntaron hace no tanto tiempo y crearon a la razón de mi existir.
Felicidades mi vida, eres lo mejor que hay en este mundo y, como el bueno vino, cada vez cambias a mejor.
Cumple muchos más, cúmplelos a mi lado y siendo feliz como mereces.

Se que esta felicitación es algo formal, pero ya verás como eso cambia cuando te tire de las orejas, te cante a gritos y gorgoritos el cumpleaños feliz y mi propia versión (“cumpleaños feliz, chupate la nariz…”) y te diga lo viejo que te estás volviendo (aunque yo sea mayor que tú y siempre sea más carca que tú). Que al año que viene ya serás mayor de edad, si, pero mientras podré seguir chinchándote como hasta ahora :D
Felicidades Nene, que te me estás haciendo grande (snif snif, me pongo nostálgica, jajaja)

domingo, 15 de agosto de 2010

En la arboleda...



Me dijo que íbamos a jugar a un juego maravilloso. Que era muy sencillo y tan sólo tenía que dejarme llevar. Me sonó a peligro, pero por curiosidad accedí.
Sólo tenía doce años pero era lo bastante madura como para diferenciar cuando no se debía hablar con un extraño. Aun así, entablé conversación con aquel chico en apariencia mayor que yo.
Me cogió de la mano y sentí un escalofrío. No pintaba bien. Se acercaba demasiado para mi gusto. Su tacto era cálido, su sonrisa parecía sincera, pero me inspiraba gran desconfianza. Instinto de supervivencia, supongo.
Nos alejamos de la zona de los columpios del parque, mientras me prometía que íbamos a ser muchos quienes íbamos a jugar, y que yo tenía un papel importantísimo. Sin mí no podían empezar.
Comenzaba a tener miedo pero seguí caminando, por si acaso le hacía enfadar. Nunca se sabe cuando puede ser fatal llevarle la contraria a quien no conoces.
Corrimos hacia una zona arbolada, donde había más chicos y chicas como yo. Todos me miraban y cuchicheaban, en círculo, mientras yo me estremecía, no se si por timidez o de pavor.
-¿Ella nos servirá?- preguntó una de las chicas más jóvenes.
-Por supuesto- Dijo Javier, el joven que me había llevado hasta allí.- es perfecta para esto.
Entonces me taparon los ojos. Empecé a mover los brazos sin poder ver nada, mientras me desorientaban a base de movimientos bruscos y risas.
Quería irme a casa, como fuera. Tenía ganas de gritar pero me era imposible, estaba aterrorizada.
En el mismo momento en que pretendía pedir ayuda, una voz masculina se acercó a mi oído, y mientras sentía cómo me apartaba el pelo para poder escucharle me dijo:
-Tú la llevas, gallinita ciega.

sábado, 14 de agosto de 2010

14-08-2010

Un año juntos, y aún no me lo creo. Se que esto lo habrás leído ya, en la carta que te escribí, pero no puedo dejar de releerlo, y quiero (necesito) dejarlo escrito aquí para poder verlo una y otra vez ^^


Mis doce razones para amarte (hay muchísimas más):

1-Por tu pícara mirada.

2-Por las horas que tardas en arreglarte, aunque para mí estés guapo de todos modos.

3-Porque siempre me recibes con una sonrisa.

4- Por llamarme “princesa” cuando yo te llamo “cosa”.

5- Por darme besitos entre bostezos al despertar y abrazos por la noche mientras te quedas dormido.

6- Por correr detrás del Ci2 (nuestro bus) cuando me marcho para verme un poquito más.

7- Porque me das la mano aun cuando yo no quiero al pensar que te resultaría molesto.

8- Por suspirar y decir lo mismo que yo al mismo tiempo.

9- Por escucharme siempre que necesito contarte algo.

10- Porque estoy orgullosísima de ti.

11- Por decirme lo que sientes por mí y ser tan cariñoso.

12- Por aparecer en mi vida.

GRACIAS, porque es muy fácil amarte y cada día me das una nueva razón.
Dicho esto, sólo me queda preguntarte algo: ¿Me harás la persona más feliz del mundo, permitiéndome pasar muchísimos años más a tu lado? Déjame recordar el día catorce de agosto como el día más feliz de todos durante el resto de mi vida.


(Razón 13: Te quiero porque eres más adorable tú que todos mis peluches, incluido Werther)

viernes, 13 de agosto de 2010

Fea



Mi primer amor, Paula, era fea. No me avergüenza decirlo: era fea, fea. Su pelo estaba mal cuidado y caía como una escoba sobre sus anchos hombros. Sus ojos eran tristes y parecía que siempre estuviese a punto de llorar, sobretodo cuando intentaba sonreír y dejaba asomar sus dientes picados.
Aquellas manos tan pequeñas que tenía eran ásperas, de tanto lavar a mano, y pasaba tan pronto de la palidez más extrema a sonrojarse en demasía. Todo por unas gotas de vino.
Además era más fuerte que yo, y aquello no me gustaba, parecía un hombre. Su voz era grave y me espantaba que tratara de susurrarme al oído. Su cuerpo no tenía curvas donde debía y se presentaban como de sorpresa donde menos lo esperabas.
Cómo olvidar la tortura que era besar unos labios tan gruesos, que le restaban movilidad al rostro. Qué poco me gustaban su cara y su cuerpo.
En su conjunto era, sin duda alguna, fea.
Pero cómo me hacía reír la condenada, cómo me hizo reír hasta el día en que se presentó a su puerta un joven mucho más guapo que yo.

martes, 10 de agosto de 2010

Teléfono



Me mantenía a la espera mientras escuchaba esos pitidos tan estridentes que marcaban que mi mejor amiga todavía no había cogido el teléfono.
-¿Diga?
Al fin. Creía que iba a volverme loca si no me respondían.
-Ali, soy Elisa. Tengo que contarte algo importantísimo.
Al otro lado de la línea pude oír como mi locutora se apoltronaba en la cama, supongo que arrebujada entre las sábanas y abrazando su eterna colección de peluches.
Su silencio me dio a entender que podía…que debía, contárselo todo.
-Ali, le amo. Le amo de verdad, no es tan sólo un capricho, como te decía estos días.
Un gritito ahogado resonó en mi auricular. Me levanté de la silla y caminé nerviosa por toda mi habitación, siguiendo las baldosas una a una.
-Pero… ¡Elisa! ¿Qué ves en ese…en ése? ¿Qué es lo que te gusta de un tipo como él? ¿Por qué dices que le quieres?
Suspiré al recordar que esa misma pregunta me la había formulado ya miles de veces. Sólo ahora conocía la respuesta, y aun así no estaba muy segura de ella.
-Pues me gusta por…uff, le quiero por sus ojos, por su nariz, por sus orejillas, por su pelo, por ese cuello suyo, por su cuerpo entero, y por su sonrisa.
Alicia se rió desaforadamente de mí, contemplándome como una estúpida romántica del siglo XIX.
-Pero Elisa ¡Todos los hombres tienen ojos, nariz, orejas, pelo, cuello…y desde luego muchos tienen mejor cuerpo que él! Y te aseguro que todos los tíos sonríen tarde o temprano.
Respiré hondo para evitar colgarle el teléfono y olvidarme de su existencia, pero preferí intentar hacerle comprender. No era tan difícil.
-Pero entiéndeme, a mí me gusta su mirada, como arruga la nariz cuando se enfada, cuando mueve las orejas para divertirme, su pelo tan cortito que parece que no crezca y colgarme de su cuello cuando le beso.
-¿Ya le has besado?- murmuró escandalizada.
-Si. Ah, por cierto, respecto a la sonrisa… ninguno sonríe como él.

viernes, 6 de agosto de 2010




Te dije que te cansarías de mí, que soy difícil, y a cambio tú me cogiste de la mano. En lugar de huir de mis altibajos o de mis ojeras me apretaste contra tu pecho y me dijiste que siempre estarás ahí. Me has querido todo este tiempo. Sin excepción.
Ni siquiera me alzaste la voz cuando te dije lo poco que me gusta uno de tus hobbies, ni cuando me enfurruñé porque sigues fumando.
Sólo me diste la espalda una vez para hacerte el enfadado, pidiéndome un poquito de atención. Buscando una caricia, o que te diera esos mimitos que nos gustan tanto.
Cuántas veces te he advertido de que, si me enamorabas, deberías atenerte a las consecuencias. Porque te amaría para siempre. Recuerda cuando te dije, hace ya más de un año, que no quería enamorarme de ti. Que me daba miedo volver a sentir y padecer. Te lo repetí hasta la saciedad, aun cuando en el fondo ambos sabíamos que no teníamos elección, que ya nos habíamos instalado en el corazón del otro.
En unos pocos días, un puñado de horas que deseo engullir cuanto antes, un año habrá pasado para nosotros. Tiempo suficiente para hacerme comprender que eres la única persona que no se cansaría de mí y de quien jamás me cansaría
Porque tú tienes la única llave para mis sentimientos, ya te has aposentado en ellos y de seguro nunca saldrás de allí.

amigos por siempre





Hace tres años mi inocencia pensó que él era mi vida. Que lo era todo. En realidad yo no le amaba ni una mínima parte de lo que soy capaz en estos momentos.
Al pasar un año se convirtió en mi mejor amigo, con quien pensaba que podía hablar siempre (Aunque realmente sólo hablara él), el que siempre estaría ahí. Le dije que era como un hermano mayor, que me encantaba su forma de ser y le idealicé de nuevo. Cada momento era especial a su lado.
Es extraño cómo, después de tres años de altibajos (besos, amistad, besos, distanciamiento, amistad.) no me duela saber que nunca debí importarle realmente, que me necesitaba por puro aburrimiento y que le soy indiferente. El hecho de comprender que la amistad para él no significa nada, ya no me duele. Él es tan sólo una puñalada más.
Ni siquiera me molesta que acabáramos así, a pesar de que él fuera la primera persona a la que quise (tal vez menos de lo que pensaba en su momento) y ahora ni siquiera sea un recuerdo nítido. Ha quedado en el olvido, aunque a veces le piense.
Hace ya mucho que no me molesto en llamar a la puerta de sus recuerdos para tratar de recuperarle.

martes, 3 de agosto de 2010

Caja de cartón



Tomé la caja entre mis manos, ya terminada. Cartulinas, pegamento, celo, nervios y tijeras rodearon su creación. Creo que el regalo me estaba haciendo más ilusión a mí de la que le haría a él. Morado y rojo volaban ante mis ojos, mientras intentaba recortar y pegar y pensar en como quería prepararlo todo.
Una caja, sentimientos. Quería reflejar al menos una parte de ellos, una mínima parte comparada con los doce meses que él me había regalado a su lado. ¿Qué menos?
Pronto concluiría lo que quería hacer, esperaba sorprenderle y que el contenido de la caja creara montones de ratos tan especiales y maravillosos como todos los ya vividos. Sólo quedaba esperar hasta el día 14, cuando sus perfectas manos abrieran ese pedazo de cartón y sus ojos se abrieran de sorpresa y, quizás, de alegría.


Aviso para cierta personita: La imagen NO es la caja que te tengo preparada ;)

sábado, 31 de julio de 2010

Carta

Aquella mañana me senté frente a mi escritorio, como solía hacer cuando pasaba horas escribiendo historias con mi pluma, y me empecé a divagar.
Quería escribir todas las virutas y tirabuzones y enredaderas que formaban mis pensamientos sobre un papel. Mi sangre daba vueltas y saltos mortales en el interior de mis venas, revolucionada.
Pensaba en ti. Pensaba en nosotros y en esa carta que deseaba crear y que ya tenía forma en mi mente. Eran más que palabras.
Te echaba de menos, lo sigo haciendo, y era tan fácil decirlo que habría podido llenar el folio entero con esas ideas. Demasiado sencillo para el maremágnum de sentimientos que me invadían todos a una. Lo sentía todo.
Confesé que te añoraba, que eres mi razón de vivir y que sólo importo porque tú me haces especial. Que sólo existo cuando tus ojos se clavan en mí. En esos momentos me sentía la más absoluta de las nadas.
Arrugué el papel, lo tiré a la papelera con melancolía y tomé otro.
Reescribí intentando que pareciera que me encontraba bien, aunque llevaba necesitándote desde hacía una semana. Eran excesivos días y demasiadas horas sin ti. Estuve pensando en ti cada instante, y mi bolígrafo tan solo fue capaz de describir unos pocos segundos de mi agonía.
Creé un horror vacui de frases y todas me provocaban frustración y rabia. Ninguna describía totalmente lo que es estar sin ti. Lo que implica tu ausencia. “¿Dónde estas?”- me preguntaba aun sabiéndolo.
Te regalaré una carta, pinceladas que perfilan vagamente mi corazón. Sentía, siento, mucho más. Pero por mucho que te hubiera escrito que me dolías, que cada día amanezco por tí, que los segundos pasan lentos, nada habría cambiado.
Deberé seguir esperando a tu llegada, al menos, un día más.

viernes, 30 de julio de 2010

Amanecer

El amanecer se iba sucediendo tan lentamente que parecía una broma. Llevaba una hora esperando con mis dos mejores amigas a ver al sol aparecer junto al mar, y acabamos yéndonos cuando apenas le quedarían unos minutos. El cansancio nos pudo.
A mi no me importó demasiado. Llevaba ya un rato pensando en él, como toda la semana.
Cuando tomábamos el sol, sentía que los rayos eran un intento de su caricia. Si miraba la mar calmada, sabía que eran sus ojos, aunque no son claros. Deseaba perderme entre las dunas de arena junto a su cuerpo mientras me clavaba piedrecitas y conchas al caminar.
Al reírme añoraba su sonrisa, y por la noche lloraba su ausencia.
Mientras volvíamos a la casa llegué a una conclusión acertada y tristísima: No estaba en la playa, no me había ido de vacaciones. Vagaba errante en su recuerdo. Me paseaba por su pelo alborotado, dormía en su regazo, bebía sus lágrimas en copas de cristal y reía con el timbre de su voz en mis oídos.
El amanecer había sido tan sólo el asomo de su sonrisa. El reflejo de su piel sobre la bóveda celeste, el cielo convertido en hombre en mi mente.

jueves, 22 de julio de 2010

Mirada

Ella tenía aquellos ojos enormes que parecían verlo todo, profundos y curiosos. Aunque en realidad siempre andaba ensimismada. Cuanto ocurría a su alrededor carecía de importancia. Prefería pensar a ver. A veces se lamentaba de tener tan bien graduada la vista y en cambio no ser capaz de observar lo que ocurría a su alrededor.

Cuando se tumbó a su lado y le miró a los ojos, su ceguera, por un solo instante, desapareció. En los ojos de Sergio podía verlo todo, todo lo que pensaba haberse perdido. El problema es que ese mundo que los demás sí podían ver, ella lo había guardado en el interior de sus pupilas. Todo cobraba sentido con él.
Sus ojos se convirtieron en las linternas que iluminaban su mundo, él era su sol, su guía.

Él era su mundo, toda su vida.

miércoles, 21 de julio de 2010

Yo también te odio



-Al final seré tan sólo un recuerdo.- le dije bajando la mirada.
Me miró con los ojos anegados en lágrimas, temblorosa.
-No, no lo entiendes Javier. Si te vas no podré olvidarte jamás, me perderé a mi misma.- mi silencio sentenciador fue roto por las dos únicas palabras que no soportaba oír si las decía ella- Te amo.
Mi corazón debió de partirse en ese preciso momento, al saber que no había nada que pudiera hacer para estar a su lado.
Iba a mudarme ese mismo fin de semana a Stortford, tan lejos de Salamanca, por capricho de mi padre y su nueva novia. ¿Qué podía hacer? No iba a atarla a una relación basada en cartas y en correos, no iba evitar que pudiera ser feliz. Aunque fuera con otra persona.
-En Strortford yo conoceré probablemente a muchas chicas, Bea, y estando tú tan lejos y ellas tan cerca elegiría a cualquiera de ellas. Es cuestión de conveniencia, nena.
Tenía que comportarme como el ser rastrero que no era, para que ella se alegrara de que me fuera tan lejos como fuera posible. Aunque en mi cabeza sólo estuviera ella, aunque no sería capaz de soportar que haya otro hombre junto a ella. Sabía que no soporta que la llamen “nena”.
-Así que sólo un recuerdo ¿eh?- me dijo enfadada.- eres lo peor.
Ambos sabíamos que era su particular forma de decir “te quiero y tú me estás haciendo daño”. Le miré de reojo y sonreí, no podía imaginar mi vida sin ella.
Me marchaba, en principio para siempre. Nuestra relación era imposible y ella lo sabía, pero seguía luchando.
Por un arrebato, quizás el más acertado de toda mi vida, la abracé con todas mis fuerzas, acercándola a mi pecho y respirando su perfume por última vez. Le repetí “te quiero” decenas de veces al oído, la estreché con todo el cariño que era capaz de transmitirle.
Después me separé de ella, la miré con fingido enojo, y en tono irónico, algo jocoso y algo melancólico le dije:
-¡Qué mal me caes! Espero no volver a verte nunca.
Ella sonrió, con una última lágrima resbalando por su mejilla, y me respondió:
-Yo también te odio.

martes, 20 de julio de 2010

Yo también



“¿Qué hice mal?” Me preguntaba mientras caminaba como sin alma por mi habitación. El calor aplastante terminó de agotarme y me dejé caer sobre mi duro y triste colchón.
Todo había terminado. ¡Pensar en el fin era algo inconcebible horas atrás! Una vida perfecta, tan sólo porque en ella estaba él, terminada. Me sentía morir, de hecho quería hacerlo, pero me sentía tan gris… ni siquiera tenía fuerzas para abandonarlo todo.
Así que decidí abandonarme a mí misma, olvidarme de apreciar los momentos en que todo parecía ir bien, esperando que su rostro se borrara de mi cabeza con la neblina que sólo el tiempo sabe extender.
Tirada en la cama, ni siquiera se me pasaba por la cabeza la idea de sobreponerme. No era necesario, la decadencia sería mi modo de vida. Sin él y para siempre.
Entonces comprendí que me había atado demasiado a él, mea culpa. Pero no me arrepentía, porque tras todo este tiempo él era mi único motivo para continuar, para vivir mirando hacia delante. Ahora me hallaba anclada en el pasado, y con un presente alicaído.
De pronto sonó el teléfono, me pareció que con mayor fuerza de la habitual. Nada me importaba, por lo que caminé sin prisa. No llegué a tomar el teléfono en mis manos, cuando escuché el mensaje que Ricardo me estaba dejando en el contestador.
-Esto…hola Irene. Creo que…bueno, deberíamos hablar. Me precipité con todo esto ¿sabes? En realidad si te quiero, pero ya sabes, estaba…muy enfadado contigo por lo de la cena y muy estresado en la oficina y la pagué contigo todo de golpe. Llámame ¿vale? Piensa en nosotros, que son tres años y medio juntos, joder…sabes que lo siento. Piénsatelo y dame un toque…en cuanto puedas.
El corazón me dio un vuelco al reconocer su voz, y parece que mi rostro volvió a adquirir vida unos segundos.
Tras escuchar el mensaje, supe que todo dependía de mí y que un susto como el de hacía dos días no se repetiría. No volvería a decirme que estaba harto de mi forma de reír, que no soportaba como me movía o como le decía “cariño”. No me llamaría patética de nuevo, ni me alzaría la voz diciéndome que no me soportaba.
Dejaría de hablarme de sus compañeras de trabajo, sobretodo de esa francesa, Sophie. Todo lo que sabía de ella era que tenía unas piernas interminables y que su pintalabios rojo intenso la volvía irresistible “para todos los de la oficina”.
Mientras tomaba una cerveza de la nevera me preguntaba como podía amar tantísimo a alguien que había cambiado lo inimaginable. Sabía que tras el accidente ella ya no era la misma, que debía ser humillante pasear por la calle con una persona que tiene fobia al tráfico. Caminaba siempre tensa y agarrada a su brazo, diciéndole que podíamos ver una película en mi casa, si lo prefería.
Así, acabábamos por hacer el amor y él se olvidaba de mis temores y yo me sentía un poco más útil y un poco menos estúpida.
Yo le quería y era correspondida, y eso era maravilloso. No todo en nuestra relación era malas caras. En verano íbamos al parque y nos tirábamos por la hierba mientras engullíamos entre ambos un litro de helado de chocolate, y cuando íbamos a la piscina él se dejaba hacer aguadillas sin hacerme luego él a mí. Me tomaba la mano delante de todo el mundo, aun cuando sabía que eso me hacía enrojecer, y me besaba la mano continuamente. Tenía gestos muy románticos, como escribirme cartas interminables con pluma o simplemente decirme constantemente cuanto me quería.
Pros y contras, me sentía como una montaña rusa, y mi estómago no ayudaba. Hacía apenas cinco minutos habría dado la Tierra por regresar a su lado, ¿y ahora estaba replanteándomelo?
Deseché ese pensamiento de mi cabeza. Tomé el teléfono y marqué su número…no recordaba si acababa en 4 o en 5. Hice un último esfuerzo mental y recordé la cifra, a lo que mi estómago contestó con un dolor intenso.
Pareció que pasaban siglos hasta que oí su voz al otro lado del auricular.
-¿Mi amor?- preguntó.
-Ricardo, no voy a volver contigo. Ya nada me importa…ni siquiera tú.
Él sabía que estaba mintiendo, que estaba creando una pared de hielo en torno a mi corazón, para evitar que éste se pudriera con un nuevo desengaño. Todavía no se si para hacerme cambiar de opinión o por sentimiento, se echó a llorar. Jamás lo había visto así, y conforme oía sus sollozos y sus “porfavor” mi coraza quería resquebrajarse.
-Lo siento, pero ahora mismo estoy muy atareada, ya hablaremos un día de estos.- le dije sabiendo que no volveríamos a hablar en mucho tiempo.
Él quiso lanzarme una última oportunidad, y justo antes de colgar me dijo: Te amo.
Coloqué el teléfono en su lugar, me desplomé en el sofá y mientras delineaba su cara en el gotéele de las paredes susurré tratando de olvidar…
“Yo también”.

sábado, 10 de julio de 2010

Viajar...



Me preguntaste ayer, mientras recogía los últimos cereales que flotaban sobre la leche de mi desayuno, a dónde me gustaría viajar…me formulaste esa pregunta y sin hacer el equipaje, sin comprar billetes siquiera, mi mente empezó a volar.

Tal vez a la España de la Edad Media, para contemplar cómo las relaciones de vasallaje son más fuertes que cualquier creencia o religión. Quizás al siglo XIX parisino, época de las revoluciones, la bohemia y las noches alocadas del Moulin Rouge retratadas en los carteles de Toulouse Lautrec.
época de las revoluciones, la bohemia y las noches alocadas del Moulin Rouge retratadas en los carteles de Toulouse Lautrec.
¿Y qué tal a principios del siglo XX? Vanguardias, Monet, Van Gogh, Picasso, Dalí…Max Estrella quitándose el cráneo una y otra vez hasta…”buenas noches”.
No seamos pretenciosos, pensé. ¿Por qué no al Japón de hoy? Tal vez no pueda ver en vivo la hermosa cultura de cien años atrás, pero estoy segura de que sería una experiencia inigualable. Sin geishas, sin sus kimonos o samurais y sin sus normas fijas de conducta.

Cuando no había dicho todavía palabra, tú mismo respondiste:
-Este año no da para mucho, recuerda, así que…o al pueblo o haciendo un esfuerzo, a la playa.
Dicho esto, nos caímos de mi nube: La persistencia de la memoria, la piedad de Miguel Ángel, un magnífico autorretrato de Renbrandt y yo. Se derrumbaron la columna trajana y la torre de Pisa; se tropezó un Van Gogh y el parlamento londinense; y, según creo, un último samurai se perdió entre mis pensamientos.
-Em…sí, el pueblo está bien- sonreí consciente de la realidad…y del alquiler.
-Además desde lo alto del campanario hay unas vistas inigualables- continuaste.
El resto no pude escucharlo. Mis ojos contemplaban fijos el calendario de la cocina. Una estática y pequeña muestra de La fuente de los cuatro ríos, de Bernini…

viernes, 9 de julio de 2010

Despertar



Acababa de despertarse y tras sortear difícilmente un par de pesas y unos cojines, salió de la habitación en dirección al salón. Él había estado a su lado, dormido. Había resultado extremadamente difícil deslizarse sin hacer ruido hasta el cuarto de estar. Valía la pena. Observar su carita de ángel, tan inocente, le daba un soplo de felicidad que nada más podía otorgarte.
Se sentó sobre el sofá (o mejor dicho, se dejó caer sobre él) más cansada incluso que antes de acostarse. Sentía cada músculo, cada fibra de su ser, mostrando todo el cansancio que había acumulado a lo largo del día anterior. Se habría desperezado y habría suspirado con fuerza de no ser porque temía despertar a su amor de chocolate.
Si él se hubiera levantado y la hubiese seguido hasta el salón, de seguro se habría derretido. Ser tan dulce debía ser pecado. Mil veces se lo repetía y otras tantas él lo negaba.
Incluso si trató de no molestar a la razón de su existencia, lo vio asomar por el umbral de la puerta. Le preguntó si le había despertado, y el joven dijo que no. Fue una de esas “mentiras” que no se cree ni quien la dice ni quien la recibe. Una mentira acompañada de una sonrisa, un sonoro beso y una caricia.
Nunca pensó que deshacer la cama, levantarse temprano y despertar a los demás tendría una consecuencia tan dulce. Nada de gritos ni enfados, tan sólo un buen desayuno a base de galletas de chocolate.
“Deberían crear galletas con sabor a sus besos”- pensó.
Luego sacudió la cabeza y dio un trago a su vaso de leche, pensando que tanta dulzura empalagaría o produciría caries. Además no le gustaban los conservantes o colorantes. Si iba a recibir sus besos, que fueran como todos los que le dio después. A unos 35 grados, con la ventana abierta, la persiana bajada, bajo los edredones y exponiendo sus corazones.