
Llamó a la puerta una, qué digo una, dos y hasta tres veces, con toda la fuerza que podía sin hacerse daño en los nudillos. No había respuesta. Tras resoplar por los nervios tomó su móvil e hizo una llamada.
-Hola ¿Porqué no me abres? Habíamos quedado en tu casa a las 5 ¿sabes? Llevo llamándote un buen rato. Podrías haber respon… ¡ha colgado! ¡Me ha colgado!
Carmen apoyó el oído en la puerta y trató de escuchar a su pareja, que seguramente estaría riéndose de ella. Este tipo de bromitas eran frecuentes y empezaba a cansarse de ellas. Algún día explotaría.
-Nadie mamá, no es nadie…otra vez- le oyó decir en voz alta.
Su voz se notaba más grave de lo normal, con un tono nada jocoso. ¿Quizás se había enfadado? ¿Era culpa de ella? No parecía que tuviera intención de dejarle pasar.
Aporreó la puerta de nuevo, esta vez con más fuerza. Se hizo daño pero no le importó.
Estaba cansada de, en menos de un minuto, hacer decenas de conjeturas acerca de qué ocurría.
Esta vez Adrián sí abrió la puerta. Miró a los lados, como si ella no estuviera, hizo un mohín de desprecio y le cerró en las narices. Estupefacción. Era todo lo que le quedaba. Se había quedado en blanco del susto, de la extrañeza, del dolor. Porque la había ignorado. Porque había puesto el pie entre la puerta y el marco y él había tirado de la puerta de todos modos. Porque aquel pedazo de madera le había atravesado el pie con violencia, y ella no había sentido nada. La había atravesado y no había notado absolutamente nada.
Porque entonces recordó. Ella, en el coche, conduciendo a velocidad moderada. Blanco. Un camión cerniéndose sobre ella. Cierto pensamiento cruzándose por su cerebro a toda velocidad “no, porfavor…”. Blanco. Más blanco, de hospital. Un zumbidito incesante de las máquinas que la mantenían viva. Pausa. Esta vez negro. Mucho sueño y miedo. Dolor de cabeza mientras escuchaba a Adrián, que debía de haber estado sentado a su lado todo el tiempo, decir “no, porfavor…”. Sonrió para sí misma al recordar que siempre solía repetir lo que ella decía, también en esta ocasión. Blanco. Demasiada nada, y de repente, estaba frente a su puerta. Pensando que eran las 5 de la tarde y él faltaba a su cita.
Buen final!:)
ResponderEliminarUn beso María;)
puff es demasiado triste esta historia pero es preciosa^^
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