viernes, 30 de julio de 2010

Amanecer

El amanecer se iba sucediendo tan lentamente que parecía una broma. Llevaba una hora esperando con mis dos mejores amigas a ver al sol aparecer junto al mar, y acabamos yéndonos cuando apenas le quedarían unos minutos. El cansancio nos pudo.
A mi no me importó demasiado. Llevaba ya un rato pensando en él, como toda la semana.
Cuando tomábamos el sol, sentía que los rayos eran un intento de su caricia. Si miraba la mar calmada, sabía que eran sus ojos, aunque no son claros. Deseaba perderme entre las dunas de arena junto a su cuerpo mientras me clavaba piedrecitas y conchas al caminar.
Al reírme añoraba su sonrisa, y por la noche lloraba su ausencia.
Mientras volvíamos a la casa llegué a una conclusión acertada y tristísima: No estaba en la playa, no me había ido de vacaciones. Vagaba errante en su recuerdo. Me paseaba por su pelo alborotado, dormía en su regazo, bebía sus lágrimas en copas de cristal y reía con el timbre de su voz en mis oídos.
El amanecer había sido tan sólo el asomo de su sonrisa. El reflejo de su piel sobre la bóveda celeste, el cielo convertido en hombre en mi mente.

1 comentario:

  1. Dios mío, María, te echaba de menos.
    Es un placer volver a tenerte por aquí, espero que hayas disfrutado de estos días de descanso.
    La entrada es preciosa, sin ninguna duda.

    ResponderEliminar