
Era un día como otro cualquiera, una tarde de verano…del último verano que pasaríamos juntos. Los tres. Amigos desde la infancia que se separaban con la llegada de la madurez a sus vidas. Era trágico, lógico y de esperar.
Yo quería estudiar psicología, trabajar ayudando a la gente y escuchar cientos de historias, y esa carrera no estaba en un pueblo a una hora de la capital. Mis amigos habían acordado ir juntos al extranjero, alquilar un pisito, tal vez un ático ya amueblado con un montón de polvo que limpiar y un montón de sueños por cumplir.
No nos iba a ser difícil reunirnos, puesto que nuestro pueblo estaba cerca de la frontera, y los tres quedábamos a igual distancia de él desde nuestros nuevos hogares. Pero todos sabíamos que las visitas se irían distanciando en el tiempo, que las cartas dejarían de ser continuas y que acabaríamos por ser unos completos desconocidos.
Por esto que fuimos al bosque en el coche de Gabriel, mientras en los asientos traseros Marcos y yo discutíamos por qué mermelada sabría mejor sobre las tostadas que mi madre nos había preparado.
Era una situación extraña. Éramos conscientes de que iba a ser una especie de despedida, aunque ambos lo negábamos mediante sonrisas y bromas. Quizás lo mejor había sido separarnos un tiempo, ahora lo sé. Marcos miraba de reojo a Gabriel mientras me abrazaba, y yo sabía que Gabriel me cogía por la cintura para ayudarme a caminar con más cariño del habitual.
Dejé mis muletas junto al arroyo, me senté, y observé divertida como mis dos amigos, a los que todavía veía al igual que cuando teníamos seis años, preparaban el picnic.
Allí, bajo la luz del atardecer, rodeados de mosquitos e inmersos en nuestros pensamientos, prometimos, que pasara lo que pasase, jamás nos olvidaríamos. Brindando con zumo de naranja, merendando tostadas con mantequilla y mermelada, haciendo fotos que deben continuar perdidas entre los papeles de mi antigua habitación y flotando entre los sentimientos que entre nosotros querían aflorar.
Era necesaria una separación para apagar el amor. Para que ellos olvidaran mi vestido y mis lazos, para que yo olvidara la sonrisa de Marcos y la mirada de Gabriel.
Pero cuatro años después, al reencontrarnos por casualidad, aquella niña no era para ellos un simple recuerdo de la brisa que traía el verano, y yo era incapaz de olvidar los ojos verdes de Marcos y las dulces manos de Gabriel.
Qué preciosidad. Me hace sentir una triste nostalgia que no entiendo. Son nuevas etapas, nuevas vidas y una amarga despedida...
ResponderEliminarLa melancolía de una tarde de verano que baña los corazones de los viejos amigos, de las grandes amistades que se pierden en tiempos pasados...
Maravilloso.
Me encanta...y como dice Keisora, despierta melancolía en mi corazón...eres impresionante!!
ResponderEliminarMe gusta, mucho. Me recuerda a mí, la verdad.(:
ResponderEliminarYa tiene dos años esta entrada, pero la encontré por casualidad mientras tecleaba en el buscador la palabra "verano".
ResponderEliminarDebo decir que es un texto precioso que me ha encantado.
Simplemente hermoso :)