
“¿Qué hice mal?” Me preguntaba mientras caminaba como sin alma por mi habitación. El calor aplastante terminó de agotarme y me dejé caer sobre mi duro y triste colchón.
Todo había terminado. ¡Pensar en el fin era algo inconcebible horas atrás! Una vida perfecta, tan sólo porque en ella estaba él, terminada. Me sentía morir, de hecho quería hacerlo, pero me sentía tan gris… ni siquiera tenía fuerzas para abandonarlo todo.
Así que decidí abandonarme a mí misma, olvidarme de apreciar los momentos en que todo parecía ir bien, esperando que su rostro se borrara de mi cabeza con la neblina que sólo el tiempo sabe extender.
Tirada en la cama, ni siquiera se me pasaba por la cabeza la idea de sobreponerme. No era necesario, la decadencia sería mi modo de vida. Sin él y para siempre.
Entonces comprendí que me había atado demasiado a él, mea culpa. Pero no me arrepentía, porque tras todo este tiempo él era mi único motivo para continuar, para vivir mirando hacia delante. Ahora me hallaba anclada en el pasado, y con un presente alicaído.
De pronto sonó el teléfono, me pareció que con mayor fuerza de la habitual. Nada me importaba, por lo que caminé sin prisa. No llegué a tomar el teléfono en mis manos, cuando escuché el mensaje que Ricardo me estaba dejando en el contestador.
-Esto…hola Irene. Creo que…bueno, deberíamos hablar. Me precipité con todo esto ¿sabes? En realidad si te quiero, pero ya sabes, estaba…muy enfadado contigo por lo de la cena y muy estresado en la oficina y la pagué contigo todo de golpe. Llámame ¿vale? Piensa en nosotros, que son tres años y medio juntos, joder…sabes que lo siento. Piénsatelo y dame un toque…en cuanto puedas.
El corazón me dio un vuelco al reconocer su voz, y parece que mi rostro volvió a adquirir vida unos segundos.
Tras escuchar el mensaje, supe que todo dependía de mí y que un susto como el de hacía dos días no se repetiría. No volvería a decirme que estaba harto de mi forma de reír, que no soportaba como me movía o como le decía “cariño”. No me llamaría patética de nuevo, ni me alzaría la voz diciéndome que no me soportaba.
Dejaría de hablarme de sus compañeras de trabajo, sobretodo de esa francesa, Sophie. Todo lo que sabía de ella era que tenía unas piernas interminables y que su pintalabios rojo intenso la volvía irresistible “para todos los de la oficina”.
Mientras tomaba una cerveza de la nevera me preguntaba como podía amar tantísimo a alguien que había cambiado lo inimaginable. Sabía que tras el accidente ella ya no era la misma, que debía ser humillante pasear por la calle con una persona que tiene fobia al tráfico. Caminaba siempre tensa y agarrada a su brazo, diciéndole que podíamos ver una película en mi casa, si lo prefería.
Así, acabábamos por hacer el amor y él se olvidaba de mis temores y yo me sentía un poco más útil y un poco menos estúpida.
Yo le quería y era correspondida, y eso era maravilloso. No todo en nuestra relación era malas caras. En verano íbamos al parque y nos tirábamos por la hierba mientras engullíamos entre ambos un litro de helado de chocolate, y cuando íbamos a la piscina él se dejaba hacer aguadillas sin hacerme luego él a mí. Me tomaba la mano delante de todo el mundo, aun cuando sabía que eso me hacía enrojecer, y me besaba la mano continuamente. Tenía gestos muy románticos, como escribirme cartas interminables con pluma o simplemente decirme constantemente cuanto me quería.
Pros y contras, me sentía como una montaña rusa, y mi estómago no ayudaba. Hacía apenas cinco minutos habría dado la Tierra por regresar a su lado, ¿y ahora estaba replanteándomelo?
Deseché ese pensamiento de mi cabeza. Tomé el teléfono y marqué su número…no recordaba si acababa en 4 o en 5. Hice un último esfuerzo mental y recordé la cifra, a lo que mi estómago contestó con un dolor intenso.
Pareció que pasaban siglos hasta que oí su voz al otro lado del auricular.
-¿Mi amor?- preguntó.
-Ricardo, no voy a volver contigo. Ya nada me importa…ni siquiera tú.
Él sabía que estaba mintiendo, que estaba creando una pared de hielo en torno a mi corazón, para evitar que éste se pudriera con un nuevo desengaño. Todavía no se si para hacerme cambiar de opinión o por sentimiento, se echó a llorar. Jamás lo había visto así, y conforme oía sus sollozos y sus “porfavor” mi coraza quería resquebrajarse.
-Lo siento, pero ahora mismo estoy muy atareada, ya hablaremos un día de estos.- le dije sabiendo que no volveríamos a hablar en mucho tiempo.
Él quiso lanzarme una última oportunidad, y justo antes de colgar me dijo: Te amo.
Coloqué el teléfono en su lugar, me desplomé en el sofá y mientras delineaba su cara en el gotéele de las paredes susurré tratando de olvidar…
“Yo también”.
Increíble. No, más que eso. Muchísimo más que todo lo que pueda decirte. Maravilloso. Inmejorable.
ResponderEliminarY sobre todo realista. Porque es verdad que hay vees que nos obsesionamos tanto con algo o alguien que nosotras mismas desaparecemos.
Se nos olvida que somos autosuficientes, libres, con derecho a cambiar de vida tantas veces como queramos.
Me ha marcado, de verdad ;)