
Camino por la ciudad…no tengo personalidad, ni vida, ni libertad. Solo vago bajo un paraguas que me sume en la oscuridad, observando.
A mi derecha y a mi izquierda: lluvia que cae. Pero mira más allá. Caras de bulldog, rostros apáticos, figuras exangües.
Me apoyo sobre una farola, y veo a la gente pasar. Parecen rebaños de ovejas, todos iguales, como las gotitas de lluvia de Magritte.
Mi joven más bien escuálido (la única silueta que logro diferenciar), se aleja. Camina hacia una especie de bailarina, que ondea su falda bajo un paraguas con puntilla. Igual que ayer. Se ven, se resguardan bajo un porche, y se besan.
Me imagino el cuadro del artista del surrealismo lleno de figuras “besadoras”. Ni siquiera estarán pensando en lo que su amor implica. No son “besantes”. Lo hacen de forma tan mecánica como la lluvia cae.
A lo largo de la tarde, los observo. Pasos apresurados, un par de discusiones, besos (“unos” besos, no “los” besos), prisas, vistazos al reloj, la promesa (por compromiso) de una llamada telefónica.
Ni un gesto de verdadero cariño. No veo sonrisas, palabras sinceras, no veo lo que llaman “humanidad”.El hecho es que por mucho que me apene, nada puedo hacer. Miro y me marcho bajo mi paraguas, como tantas veces.
De seguro nunca serán conscientes de lo que vale la compañía del otro. Reñirán, tan caprichosos como las dos últimas veces que les seguí. Gritarán, se cruzarán de brazos, se irán por caminos separados.
Entonces, cuando deje de llover y él esté calado hasta los huesos y el alma; cuando ella tenga roto el corazón… cuando se den cuenta que habían nacido para estar juntos, será demasiado tarde.
Porque ya sólo se reconocerán en las tardes de lluvia, con el pelo lacio y estropeado por el viento, las malas caras, el rostro mojado, los corazones helados (les cuesta derretirse). Habrán olvidado cómo era amar sin dolor. Cómo son los días soleados.
Me alejo, porque ya conozco el final. Esta es la historia que (casi) siempre se repite, la que, hace algunos meses, me dejó vagando bajo una tarde como ésta. Una tarde en que dejé de ser la bailarina de un cuento para convertirme en un oráculo agorero.
Desalmada, calada hasta los huesos por su indiferencia, recordando como su rostro llevaba la máscara de la tragedia… tragedia que terminó en convertirse en su propia piel.
precioso!!! =)
ResponderEliminarmuy muy buen texto ^^
ResponderEliminarun besiko maria
aber si nos bemos
de:blanca