
Mi único deseo era poseer aquella estrella que iluminaba el cielo justo a 85º a partir del marco de mi ventana. Desde mi pequeño apartamento soñaba cada noche con ostentarla, con que iluminara el sombrío ático en el que me ocultaba bajo montañas de libros.
Se veía tan bien, flotando entre cientos de hermanas, como bailando un ballet alrededor de la luna. Brillando para todos y para nadie, porque no había alma en aquella ciudad que le concediera la mayor importancia.
Cuando compartía mis sentimientos sobre aquel astro con amistades o amantes, todos comentaban lo mismo “a mí también me gusta mirar las estrellas, son bonitas”. No entendían nada. Consideraban aquel diminuto puntito como una bombilla suspendida en el aire, y nada más. Tan sólo era para ellos un goce estético, mientras que para mí era el símbolo de la esperanza. Al fin y al cabo, el hecho de que me perteneciera era lo único que me había atrevido a anhelar en toda mi vida. La consideraba un ángel, una guía, un motivo para no encerrarme en mí misma, para abrir las ventanas de mi cárcel alquilada y mirar más allá.
Una noche, sentada con cientos de personas que decían amar la astronomía en medio del parque más grande de la ciudad, experimenté que a veces los secretos permanecen mejor guardados.
Apoyada en la hierba húmeda, señalé a mis compañeros el punto exacto donde se encontraba la estrella más dulce y bonita de todas, si bien algunos de ellos ya la habían descubierto por sí mismos. Todos decían que era exactamente igual a las demás, porque a tal distancia eran como gotas de agua. Yo sabía que no era así, y pasé la noche contemplando, horas y horas, la misma estrella.
A la semana siguiente, en una nueva reunión, me sorprendí al escuchar a todo el mundo lo hermosa que era mi estrella, que brillaba de un modo especial, más puro. El resplandor de aquella era especial, la hacía diferente. Todos querían ahora poseerla. Ya no era mía, sino de todos, de todos aquellos que no habían sabido apreciarla y que ahora lo hacían para parecer tan especiales como ella.
Desde mi pequeño apartamento observé una última noche ese minúsculo regalo que la vida me había brindado y arrebatando en tan poco tiempo. Resplandecía de un modo melancólico, tenue y casi con tristeza. Tal y como me sentía yo. Sabía que era un adiós, que pronto la estrella, de tanto ser mirada, se apagaría. ¿Y qué podía hacer yo, si ella estaba tan lejos, al otro lado de mi ventana, justo a 85º a partir del marco de ésta…y mi único deseo había sido poseerla?
^^ Qué precioso!!!!!!!!!!!!! cuánto sentimiento!!! es muy bonito!!
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