
Llévame a París, la ciudad del amor, pero no me lleves en primavera.
No me lleves cuando todos los árboles se pavoneen mostrando las flores que infectan el cielo con su polen. En esos momentos las hormonas están disparadas y los niños gritan por los parques con ganas de verano.
Llévame a París, junto a la Torre Eiffel, pero por favor, no en verano.
En verano el hedor a piscina y a crema solar inunda las calles, el calor amedrenta los ánimos y los turistas taponan las calles realizando fotos.
En otoño…en otoño sería inadecuado partir hacia allí. Los árboles lloran sus hojas, Nôtre Damme se siente melancólica y las vidrieras pierden sus colores místicos. La torre Eiffel trata de alzarse sobre un paisaje que ya ha caído.
Llévame a París, amor, cuando las nieves cubran con una fina capa helada sus calles. Calles discretas por las que pasear admirando el ambiente bohemio de sus viandantes. Cuando, desde el último piso de su monumento más conocido, podamos ver, allá lejos, Le Sacre Coeur, mientras imaginamos en que casa nos gustaría vivir e inventando una chimenea, una manta de cuadritos rojos y verdes, y un sofá cómodo en el que tumbarnos en las tardes de domingo.
Podríamos, además, caminar junto al Sena apretando nuestras bufandas contra el cuello y ajustando los guantes de nuestras manos entrelazadas. ¿Y qué mejor momento para admirar Nôtre Damme, si no es cuando las luces de sus vidrieras son más tenues e íntimas que nunca?
La ciudad adquiere un matiz mágico, un halo de misticismo la rodea entremezclado con la niebla.
Llévame cuando nuestra estancia parezca de película, cuando el Louvre se vea hermoso incluso desde fuera, cuando el obelisco de la Concorde, el arco del triunfo parisino y todos los campos Elíseos parezcan algo más que arquitectura bien formada. Cuando los paisajes parisinos y su verdor contribuyan a sumergirme en un cuento junto a ti, un cuento de final feliz sin remedio. Un cuento que quizás no necesita ni siquiera un final.
Llévame a París cuando el frío y la niebla contribuyan a que tu cálido aliento quede plasmado en el aire, y a que ese vaho llegue hasta mi mejilla como un beso. Cuando cada detalle se maximice por el ambiente, y al margen de nuestras imperfecciones, todo sea perfecto. Incluso aquella foto que todavía no hemos hecho, esa en la que tú dirías que te ves tan mal…y en la que yo me vería horrorosa…incluso esa foto borrosa, sería perfecta.
Qué bonito sería visitar París en invierno...si...yo tambien adoro el invierno y sería tan mágico...tienes buen gusto!! imagínate tambien, Venecia en invierno...los canales silenciosos, la fría piedra de las calles dormitando...si..sería fantástico..
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